Manuel Astur era un grandísimo hijo de puta. Detestaba tener que compartir mi vida con él. Pequeño mezquino asustado de ego sobredimensionado. Maldito fraile del consumismo, siempre mascullando, entre sonrisas, las oraciones que le habían enseñado; esas que hablaban de futuro, posesiones y triunfo. Incluso pretendía que fuéramos a correr todos los días para mejorar una salud que sólo necesitaba para alargar su triste vida. Me despreciaba, acusándome de fracasado, y yo lo despreciaba a él por ser un esclavo de sus sueños de absurdos éxitos profesionales. Llevábamos demasiado tiempo juntos, desde que nos conocimos con ocho o nueve años, cuando comienzan las dudas y las pesadillas, y nada teníamos que ver ya el uno con el otro. No recordaba si en algún momento habíamos llegado a ser amigos, pero sospechaba que lo nuestro había sido por puro interés, pues a mí, por qué negarlo, me venía bien tener al lado a alguien tan organizado que trabajara, llenara la nevera y lavara mi ropa sucia y a él, supongo, le divertía con todas mis bufonadas y, además, compararse conmigo le hacía sentir bien.
Trabajaba de sol a sol, era directivo o algo similar, nunca me enteré bien, así que casi siempre tenía la casa para mí solo y mucho tiempo para planear mi venganza.
Me llevó años de trabajo concienzudo. Creía que nunca llegaría el día. Apilé con disimulo todas sus posesiones- sus muebles, sus sueños, su pasado, su concepto de sí mismo, sus bostezos, su trabajo, sus buenas intenciones, sus palabras apropiadas, sus malísimos escritos, su cuenta corriente- frente a su casa, empapadas en gasolina y, por fin, aprovechando una noche en la que lo encontré con el ánimo muy bajo, lo emborraché y le di un mechero para que jugara.
La explosión fue enorme, incluso yo me asusté ante el tamaño de la hoguera.
A la mañana siguiente, derrotado y aún sin saber muy bien qué coño había pasado, cogí al pequeño cabrón de la mano y me lo llevé de allí. Era un día precioso, de esos de Madrid con el cielo del color de una piscina pública de barrio. La primavera sonreía y enseñaba las bragas a lo lejos. Me sentía tan alegre, tan ligero de equipaje, como desconcertado y triste se sentía él.
Como ya no tenía nada, aparte de cenizas, no le quedó otra que aguantarme, pues ya no sabía estar solo y siempre había sido un cobarde, así que nos fuimos a vivir juntos a un piso pequeño, sucio y cutre.
Al principio todo fue como la seda, era dócil como un perrito. Salíamos todas las noches y él pagaba todas nuestras borracheras. Lo tenía a mi merced. Pero en cuanto se recuperó un poco del susto, trató, el muy idiota, de alejarse de mí, cosa que, por supuesto, le resultó imposible. Se quejaba de vez en cuando de que por mi culpa no era capaz de cumplir ningún objetivo, a lo que yo le respondía que ya no tenía objetivos, que lo aceptara. Se lamentaba de las neveras vacías, las sábanas sucias, el tiempo perdido fingiendo ser amigo de desconocidos y las resacas diarias, pero en cuando le ponía una copa delante se abalanzaba sobre ella y lo olvidaba. Incluso, en una ocasión que me despisté, logró conocer a una buena chica y que ésta se interesara por él. Aquí he de admitir que me inquieté, pues ella parecía decidida a salvarle. Menos mal que él ya se había olvidado, gracias a mí, de quién había sido y se comportó como yo le había enseñado. Fue hermoso, en serio. Era invierno. Habían ido al cine y, al salir, descubrieron Madrid nevado, la ciudad parada en un fotograma, conteniendo el aliento como una cama recién hecha. Loco de contento, se puso a dar saltitos con la piernas en paralelo mientras extendía las alas del abrigo largo y negro que llevaba, graznaba como un cuervo alegre y gritaba que quería celebrarlo, que había que emborracharse. Ella lo miró, sonriendo, pero con ojos comprensivos y tristes, y lo dejó salir volando No se volvieron a ver. Me sentí orgulloso de él.
Yo, por mi parte, me dediqué a hacerlo todo mal a conciencia, a buscar pelea, a insultar a desconocidos, a coleccionar polvos sin amor y a escribir poemas y textos cortos. Me despertaba al oscurecer y volvía a casa a cuatro patas por la mañana. Al principio fue divertido pero, llevando mi arte demasiado lejos, por probar hasta dónde podía llegar, un día comencé a salir con la mujer más malvada, mezquina y loca que he conocido en mi vida. Por cada vez que yo le ponía los cuernos ella me los ponía diez, si desaparecía un día ella desaparecía una semana. Me superaba en todo porque, precisamente, en ella no había nada que superar; no era, como en mí, una actitud, un forma fina de deleite. Yo era el hombre disfrazado, por diversión, ella era tal cual aparecía. Yo echaba un pulso, ella era el pulso. Yo quería herirla, ella era una herida. Aún así, más o menos, lo llevaba bien; era una nueva experiencia y gozaba de haber encontrado la horma de mi zapato. No hubiera llegado a más, si ella, aparte de con cualquiera que la descubriera borracha al amanecer, la invitara a una copa o coca en los lavabos, no hubiera comenzado a engañarme, también, con Manuel, que, como buen cretino engreído y blando, creyó enamorarse perdidamente y se pasaba las noches, mientras yo quemaba los bares y mi vida junto a ella, llorando en las esquinas y acosándola a sms, emails y llamadas que nunca eran contestadas a no ser para que le prestara dinero o la cuidara en alguna que otra resaca especialmente terrible, antes de dejarlo otra vez solo y desesperado y venir conmigo. Fue él quien comenzó, entonces, llevado por los celos, a odiarme a mí, a tratar de destrozarme la vida. Me hablaba de ella hasta el hartazgo, me hablaba de mi vida fracasada, me decía que le daba asco, me susurraba todo el rato maleficios al oído y me amenazaba, el muy tonto, con suicidarse o irse a vivir a una cabaña al monte, con dejarme, a mí, al reverso de su moneda, a su parte necesaria, abandonado. En cuanto yo quería algo, él hacía lo contrario, fingía, por despecho, enamorarse de cualquier chica que le sonriera y se metía en unos líos tremendos de los que siempre le tenía que sacar yo. Además, si íbamos a cualquier sitio tenía que estar todo el rato preocupado por él para que no creara ningún problema, con lo que al final terminé por dejarlo encerrado en casa. Lo malo es que sus lloros, cuando llegaba cansado por la mañana, no me dejaban dormir. Resultaba peor que un hijo idiota y, si no fuera porque era imposible, os juro que de buen grado lo hubiera ahogado con la almohada con tal de ahorrarnos tantas tonterías.
Era un absoluto desastre, así que, tras mucho discutirlo, un verano nos fuimos a Asturias, nuestra tierra natal, a tratar de descansar y pactar una nuevas reglas de convivencia.
Estando allí, su sobrino, un niño hermoso e inteligente, mucho mejor que él, de 5 años, se puso enfermo de repente. Le diagnosticaron leucemia. Como no quería dejar a Manuel solo, pues no sabía qué melodrama podía montar, le acompañé al hospital.
Su sobrino estaba inconsciente, con 40 de fiebre, pero, aún así, le dio un beso. Yo le cogí la mano, un poco temeroso, pues el tipo duro que yo era nunca se había enfrentado a algo así.
Era pequeña y delicada y temblaba y ardía como un pájaro de fuego.
A los dos días murió.
Cuando metieron la cajita blanca en la tumba, Manuel y yo nos abrazamos llorando.
Nos desmoronamos.
Él lamentaba no verle crecer, la tremenda injusticia del mundo, la ausencia de Dios. A mí me dolía hasta lo más profundo de mi ser, hasta zonas que no sabía tener, que nunca podría el pequeño gozar de esta vida, de su sufrimiento, de su alegría, de esta terrible fiesta de lloros y risas de la que yo tanto disfrutaba.
El dolor era, por primera vez en nuestras vidas, común; los dos sufríamos por lo mismo y a su lado cualquier otra preocupación parecía insignificante.
El dolor era totalmente auténtico. Real. Era la tragedia, que aniquila cualquier drama.
El dolor nos unió, finalmente.
Desde entonces nos llevamos mejor. Tras mucho esfuerzo, hemos logrado digerir parte de la gran pena que sentimos durante tanto tiempo. Vivimos desde hace dos años en Barcelona y estamos enamorados de una mujer que nos quiere a los dos y que compartimos encantados sin sentir celos. Tratamos de ser sinceros y, aunque seguimos discutiendo, ya no nos odiamos, pues hemos descubierto lo mucho que nos necesitamos. Yo le dejo trabajar duro, como le gusta, y lamentarse como un marica de vez en cuando y él me permite enseñar los dientes e intoxicarme de vida cuando es necesario .
La otra noche, borrachos, me dio las gracias por haber encendido el fuego en el momento apropiado. Yo le dije que no tenía por qué darlas, que no había hecho nada que él no hubiera hecho y que, además, a su vez, él me había salvado de morir quemado en mi propio incendio.
Ahora publicamos este libro, con algunos textos de esa época- muchos de ellos ni recordamos cuándo fueron escritos o cuál de los dos lo hizo- al que no queremos llamar poemario y que esperamos entendáis como hay que entenderlo; como los restos de un naufragio contra las costas del S.XXI, que podía haber sido peor y resultó muy necesario; como lo poco que pudimos salvar de estos años dolorosos y salvajes; como el pequeño refugio que logramos construir para afrontar un buen invierno y un mal verano; pero, sobre todo, como parte de lo que nos hubiera gustado enseñarle, cuando fuera mayor, a nuestro sobrino.
Muchas gracias por venir.
(Texto leído durante la presentación de mi libro, Y encima es mi cumpleaños, en Madrid, el 25 de enero, y Barcelona, el 15 de febrero. También estaba dentro del fanzine con textos inéditos que regalé a los asistentes)

(Portada del fanzine, por Cristóbal Fortúnez)
(Presentación en Madrid: Elisa Fuenzalida, editora de Esto no es Berlín, yo y el escritor Juan Soto Ivars en la mesa. Un montón de gente, amigos y desconocidos, aguantando el rollo delante)

(Presentación en Barcelona: el escritor Sergi Bellver y yo muy concentrados. El fanzine en un atril)

(Presentación en Barcelona: algunas chicas guapas fumando el último pitillo antes de entrar a la orgía)
Va el Rey do puede, y no a do quiere.