Oferta de empleo.

Urgente: se requiere buen biógrafo para escribir lo que me queda de vida. El material que le ofrezco para comenzar es tópico y mierdoso, pero, si el autor es hábil, puede resultar muy jugoso: épocas oscuras de drogas, sexo y alcohol a raudales -todo el que quiera-, crisis de fe e identidad, incluso historias de superación personal, como aquella trombosis que me dio con 22 años, y que me obliga a pensar en la muerte más de lo recomendado, de las que resurgí cual ave fénix. También hay música en directo, grupos molones a patadas, moderneo madrileño y barcelonés y miles de kilómetros en la carretera, algún que otro amor secreto y doloroso – tan doloroso como le venga en gana-, unos cuantos muertos, amistades salvadoras, casualidades increíbles y muy literarias – como que, mientras velaba junto a la cama de mi abuela, estaba leyendo, hipnotizado, Los Detectives Salvajes de Bolaño, recién descubierto, y la mañana que ella murió comencé el capítulo correspondiente al 31 de enero, día que encuentran a su buscada Cesárea Tinarejo y día que nacimos mi abuela y yo-, diarios ocultos -si quiere me los invento en unas horas-, fotos rotas y, muchos, muchísimos papeles y borradores tirados a la papelera en noches de insomnio. Tengo incluso un gran amor que me recogió del arroyo, una redención y una epifanía que aún estoy descifrando. Todo ello protagonizado por un personaje muy actual con tendencia a odiarse a sí mismo, que desea con todas sus fuerzas ser bueno, que pasa, con demasiada frecuencia, de la exaltación al pesimismo y que arrastra un buen puñado de complejos de culpa y miedos, para dar profundidad y lustre.

Puede empezar, para atrapar al lector incauto, contando una noche borracho en Madrid, junto al Manzanares, en la que llamé puta a la luna llena para impresionar a alguien, quizás a una chica, o, si quiere algo más poético, narrando cómo, cuando era pequeño, estuve una tarde entera de verano siguiendo el lento avanzar de un caracol por un muro de piedra y admirando el rastro, como polvo de diamantes, que brillaba bajo el sol de Agosto y enlazarlo, mediante una genial transición por analogía, a cuando, 20 años más tarde, en un cuarto de baño, recordé ese mismo rastro y sentí pena al compararlo con la raya de coca que había sobre el mármol de la cisterna .

Incluso he pensado dos posibles títulos para tan apasionante libro: Siempre se mueren los demás o Qué bien fumaba este hombre.

Tan fabuloso pack puede ser tuyo, querido escritor, a cambio de evitarme todos estos dolores tontos, estas frustraciones y miserias de cafés fríos y recibos de la luz, estos tiempos muertos llenos de ego, estupidez y vacío a la espera de un nuevo capítulo, de dar un sentido a este puzzle creado por un idiota histérico, a esta servilleta de papel con una dirección garabateada, que es mi vida, y, además, lo que es muy importante, me comprometo a seguir al pie de la letra todo lo que sobre mí escribas a partir de ahora.

Eso sí, tan sólo pido que, una vez olvidado quién soy, me dejes seguir escribiendo.

Hablar de ellos.

A Sergio Algora lo conocí cuando tenía yo 21 años y quería comerme el mundo. Como todos los jóvenes recién llegados, venía dispuesto a salvar un presente que no me había pedido auxilio. Su antiguo grupo, el Niño Gusano, y su, de aquella, nuevo grupo, La Costa Brava, no me gustaban especialmente y cada vez que veía que en los medios de comunicación independientes los ponían como ejemplo de lo más moderno y necesario (que ahora sospecho que era cierto) echaba yo espuma por la boca. Lo más moderno y necesario era yo, lo que pasaba es que, como yo sí que era joven, me llevaba Sergio casi 10 años, aún nadie se había fijado en mí y tampoco, aparte de algunos poemas muy malos y algunos textos supuestamente vanguardistas, había tenido tiempo de desarrollar demasiado mi arte, fuera éste el que fuera. Pero todo llegaría y barrería con gente como él y los suyos. Trabajaba yo de aquella en una discográfica y solía recorrer España con los grupos – encerrado en furgonetas que olían a pies, parando en gasolineras perdidas en medio de la nada a tratar de superar la resaca, a toda velocidad para llegar a tiempo a la siguiente prueba de sonido; creyendo que así, pasando sueño, perdiendo dinero y durmiendo en colchones en el suelo, se escribía la leyenda-, con lo que un día, creo recordar que en el backstage del FIB, finalmente me crucé con él y un amigo común nos presentó. Me pareció tímido y en absoluto prepotente, un tipo que, si no fuera el objeto de mis frustraciones, me hubiera caído muy bien. Nos volvimos a encontrar en otros backstages y conciertos, pero nunca llegué a cruzar más de cuatro palabras con él y jamás recordó mi nombre. Después comenzó a publicar libros e, incluso, cómo se atrevía, a escribir un blog literario subvencionado por la FNAC. Ahí ya estaba cagando en mi terruño, la literatura, y mi frustración alcanzó cotas máximas porque, encima, resultó que era buen escritor. Recuerdo pasarme noches enteras mirando su blog y leyendo los comentarios de los “lameculos” que lo admiraban, quemándome por dentro, creyendo que eso era el éxito.

A Felix Romeo lo descubrí hace ahora, más o menos, cinco años. Vivía yo de aquella con mi amigo el escritor Juan Soto Ivars en una onceaba planta de un edificio a las afueras de Madrid donde disfrutábamos, y fomentábamos, del drama para tratar de alejar la tragedia y, utilizando sus propias palabras, “echar leña a las calderas del verbo”. Porque, cómo no, aún no había conseguido yo escribir nada ante lo que mi asustada parte cabal no se muriera de vergüenza, aunque me consideraba un genio, y estaba decidido a quemarlo todo para comenzar de nuevo. Salíamos todas las noches y amanecíamos en camas desconocidas, comía cada dos días, cuando me acordaba, un durum o una pizza cuatro quesos de Casa Tarradellas. Estaba, aunque entonces no lo viera, hecho una auténtica mierda y todo era tan vertiginoso y rápido, tan vivido, que la novela que estaba escribiendo cogía polvo de bits en una carpeta de mi ordenador. Cada cierto tiempo decía “hasta aquí hemos llegado, Astur, párate y piensa; asume las consecuencias” y me quedaba en casa encerrado, tratando de recoger los restos de la fiesta, de recomponer lo que de mí quedaba, periodos que rara vez duraban más de 24 horas hasta escapaba huyendo para no pagar el precio de todos los platos rotos. Fue durante una de estas intentonas que calló en mis manos su recién publicado libro, Amarillo, en el que él hablaba de sus muertos y trataba de explicarse el porqué de ese color nostálgico y jodido que lo cubría todo, por qué esas moscas llenaban todas las estancias. Recuerdo que estaba tirado en la cama, sería invierno, era por la noche, de madrugada, y, a pesar de que de aquella rara vez terminaba de leer lo que empezaba, me leí este libro tres veces seguidas totalmente hipnotizado. Recuerdo que sentí admiración profunda por lo escrito y, también, envidia por no haberlo escrito yo. También recuerdo que la bombilla que tenía en mi lámpara era de 50 watios y lo teñía todo de un amarillo desmallado, como si algún niño pobre estuviera muriendo en ese preciso momento de una enfermedad erradicada hace siglos y a nadie le importara. Tiempo después descubrí que teníamos conocidos comunes, pero nunca llegué a conocerle en persona.

A Iñaki Berganzo me lo presentó una amiga una noche vieja de hace cuatro años. Me cayó bien al instante. Era un vasco grande, un poco bocazas y muy generoso, como lo son los buenos vascos, con el orgullo tan grande como el corazón. Me invitó a un tripi y estuvimos toda la noche riéndonos. Al amanecer, ya bajo los efectos del alcohol y de mi sempiterno enfado, íbamos con más gente en un coche camino de una casa para seguir la fiesta, pero en un momento dado, no aguantando más los ocupantes y dueños de la casa mis insultos y provocaciones, frenaron el coche en medio de la carretera, abrieron la puerta y me dijeron que me bajara. No recuerdo si él se ofreció a bajarse conmigo, lo que sí recuerdo es que fue el único que se reía de mis payasadas y que se despidió diciéndome que teníamos que volver a vernos. A los pocos días me agregó a Facebook y gracias a esta red social descubrí que, aparte de Dj., era escultor. Sus obras, a pesar de ser de hierro, eran hermosas y frágiles y me pareció un artista auténtico. También gracias a Facebook intercambié algunos mensajes privados con él, por lo cual la corriente de simpatía siguió creciendo y continuamos hablando de un futuro reencuentro que, cómo saberlo, jamás tendría lugar. Al poco tiempo entré en una gran depresión, quizás la más terrible de mi vida, debida, por primera vez, a un hecho que no era mi culpa, a la temida tragedia que te hace adulto, y que no voy a comentar aquí. Iñako me envió varios mensajes de ánimo, llenos de optimismo y cariño que no le agradecí lo suficiente porque daba por hecho que él era una persona feliz y, por lo tanto, le quité mérito.

Sergio Algora estaba mal del corazón desde hacía años y murió una noche de julio del 2008. Hace poco descubrí que su blog sigue existiendo. Lo estuve mirando durante horas, explorando ese diario de un periodo de mi vida que había escrito otro. Ahí estaba su última entrada, escrita el día antes de su muerte, que yo leí en su momento. Tenía cientos de comentarios. Los primeros eran los típicos de halago, los siguientes de pésame – me parece increíble que ya no estés, te echo tanto de menos-, tan dolidos, tan humanos. Los últimos eran directamente SPAM o de capullos ignorantes que, viendo el éxito de esa entrada, sin fijarse en fechas ni personas, ponen los típico de “me gusta tu blog, te invito a que visites el mío: http: soyuncreido.blogspot”.

Félix Romeo murió en octubre de 2011, también del corazón. Estaba yo en una terraza tomando un café, cuando llegó un de esas amigas comunes que teníamos y me lo contó. Estaba muy afectada. Me explicó lo grandísima persona que era y yo le di la razón como si lo hubiera conocido. Qué poco sentido tiene todo, pensé cuando me quedé solo, pero qué hermoso es estar vivo, joder; hay que trabajar y vivir duro para vencer a la muerte. También pensé que, quizás, escribir sobre la muerte haga que ésta se fije en ti. Tonterías por el estilo. Por mucho que me esforzara no fue un momento relevante y seguí iluminado por mi propia bombilla triste.

Iñaki dejó hace cosa de medio año de actualizar su Facebook. Cuando me di cuenta pensé en escribirle preguntándole qué tal todo, si su ausencia se debía a que estaba muy bien y muy feliz y pasaba de ruidos y molestias o si le ocurría algo, pero no lo hice porque, al fin y al cabo, no éramos amigos-amigos y seguro que estaba bien. Además, la verdad, es que yo ya había superado mi propio dolor y no tenía ganas de meterme en los ajenos. Al mes, mi hermana, que también era amiga de esta amiga común de los dos, me dijo que Iñaki se había suicidado ahorcándose de una viga del techo de su casa. Quizás sea una explicación romántica de esas que nos damos los unos a los otros para protegernos del terror ante el abismo, pero parece ser, según me han contado, que se había enamorado de una mujer que le hacía la vida imposible y, junto a otros dolores acumulados en sus 43 años, le fue imposible seguir con su vida. Parece ser que no era una persona tan feliz como yo creía. Lo que está claro es que también estaba mal del corazón.

Llegado a este punto, me paro y pienso.

¿Qué estoy diciendo?¿Hablo de ellos?

Podría inventarme un final, una moraleja apropiada, una reflexión profunda que os haga sonreír o soltar una lagrimita y que los cínicos se remuevan, incómodos, en sus asientos. Algo que espante el miedo como se espanta una mosca con la mano. Hacer literatura. No sería difícil. Pero no lo voy a hacer porque no, no hablo de ellos y, en cambio, ahora me doy cuenta, una vez más, hablo de mí; la moraleja soy yo reflejado en sus vidas cortadas y, por desgracia, en éstas siempre seré un figurante que sale de fondo en dos planos sin la más mínima importancia.

Un respeto, escritorzuelo capullo.

Así pues, bajo el telón. Leed sus libros, escuchad su música, admirad sus obras. Aplaudidles a ellos. A mí, hoy, si queréis, podéis abuchearme.

escultura iñaki

Hijo de puta.

Manuel Astur era un grandísimo hijo de puta. Detestaba tener que compartir mi vida con él. Pequeño mezquino asustado de ego sobredimensionado. Maldito fraile del consumismo, siempre mascullando, entre sonrisas, las oraciones que le habían enseñado; esas que hablaban de futuro, posesiones y triunfo. Incluso pretendía que fuéramos a correr todos los días para mejorar una salud que sólo necesitaba para alargar su triste vida. Me despreciaba, acusándome de fracasado, y yo lo despreciaba a él por ser un esclavo de sus sueños de absurdos éxitos profesionales. Llevábamos demasiado tiempo juntos, desde que nos conocimos con ocho o nueve años, cuando comienzan las dudas y las pesadillas, y nada teníamos que ver ya el uno con el otro. No recordaba si en algún momento habíamos llegado a ser amigos, pero sospechaba que lo nuestro había sido por puro interés, pues a mí, por qué negarlo, me venía bien tener al lado a alguien tan organizado que trabajara, llenara la nevera y lavara mi ropa sucia y a él, supongo, le divertía con todas mis bufonadas y, además, compararse conmigo le hacía sentir bien.

Trabajaba de sol a sol, era directivo o algo similar, nunca me enteré bien, así que casi siempre tenía la casa para mí solo y mucho tiempo para planear mi venganza.

Me llevó años de trabajo concienzudo. Creía que nunca llegaría el día. Apilé con disimulo todas sus posesiones- sus muebles, sus sueños, su pasado, su concepto de sí mismo, sus bostezos, su trabajo, sus buenas intenciones, sus palabras apropiadas, sus malísimos escritos, su cuenta corriente- frente a su casa, empapadas en gasolina y, por fin, aprovechando una noche en la que lo encontré con el ánimo muy bajo, lo emborraché y le di un mechero para que jugara.

La explosión fue enorme, incluso yo me asusté ante el tamaño de la hoguera.

A la mañana siguiente, derrotado y aún sin saber muy bien qué coño había pasado, cogí al pequeño cabrón de la mano y me lo llevé de allí. Era un día precioso, de esos de Madrid con el cielo del color de una piscina pública de barrio. La primavera sonreía y enseñaba las bragas a lo lejos. Me sentía tan alegre, tan ligero de equipaje, como desconcertado y triste se sentía él.

Como ya no tenía nada, aparte de cenizas, no le quedó otra que aguantarme, pues ya no sabía estar solo y siempre había sido un cobarde, así que nos fuimos a vivir juntos a un piso pequeño, sucio y cutre.

Al principio todo fue como la seda, era dócil como un perrito. Salíamos todas las noches y él pagaba todas nuestras borracheras. Lo tenía a mi merced. Pero en cuanto se recuperó un poco del susto, trató, el muy idiota, de alejarse de mí, cosa que, por supuesto, le resultó imposible. Se quejaba de vez en cuando de que por mi culpa no era capaz de cumplir ningún objetivo, a lo que yo le respondía que ya no tenía objetivos, que lo aceptara. Se lamentaba de las neveras vacías, las sábanas sucias, el tiempo perdido fingiendo ser amigo de desconocidos y las resacas diarias, pero en cuando le ponía una copa delante se abalanzaba sobre ella y lo olvidaba. Incluso, en una ocasión que me despisté, logró conocer a una buena chica y que ésta se interesara por él. Aquí he de admitir que me inquieté, pues ella parecía decidida a salvarle. Menos mal que él ya se había olvidado, gracias a mí, de quién había sido y se comportó como yo le había enseñado. Fue hermoso, en serio. Era invierno. Habían ido al cine y, al salir, descubrieron Madrid nevado, la ciudad parada en un fotograma, conteniendo el aliento como una cama recién hecha. Loco de contento, se puso a dar saltitos con la piernas en paralelo mientras extendía las alas del abrigo largo y negro que llevaba, graznaba como un cuervo alegre y gritaba que quería celebrarlo, que había que emborracharse. Ella lo miró, sonriendo, pero con ojos comprensivos y tristes, y lo dejó salir volando No se volvieron a ver. Me sentí orgulloso de él.

Yo, por mi parte, me dediqué a hacerlo todo mal a conciencia, a buscar pelea, a insultar a desconocidos, a coleccionar polvos sin amor y a escribir poemas y textos cortos. Me despertaba al oscurecer y volvía a casa a cuatro patas por la mañana. Al principio fue divertido pero, llevando mi arte demasiado lejos, por probar hasta dónde podía llegar, un día comencé a salir con la mujer más malvada, mezquina y loca que he conocido en mi vida. Por cada vez que yo le ponía los cuernos ella me los ponía diez, si desaparecía un día ella desaparecía una semana. Me superaba en todo porque, precisamente, en ella no había nada que superar; no era, como en mí, una actitud, un forma fina de deleite. Yo era el hombre disfrazado, por diversión, ella era tal cual aparecía. Yo echaba un pulso, ella era el pulso. Yo quería herirla, ella era una herida. Aún así, más o menos, lo llevaba bien; era una nueva experiencia y gozaba de haber encontrado la horma de mi zapato. No hubiera llegado a más, si ella, aparte de con cualquiera que la descubriera borracha al amanecer, la invitara a una copa o coca en los lavabos, no hubiera comenzado a engañarme, también, con Manuel, que, como buen cretino engreído y blando, creyó enamorarse perdidamente y se pasaba las noches, mientras yo quemaba los bares y mi vida junto a ella, llorando en las esquinas y acosándola a sms, emails y llamadas que nunca eran contestadas a no ser para que le prestara dinero o la cuidara en alguna que otra resaca especialmente terrible, antes de dejarlo otra vez solo y desesperado y venir conmigo. Fue él quien comenzó, entonces, llevado por los celos, a odiarme a mí, a tratar de destrozarme la vida. Me hablaba de ella hasta el hartazgo, me hablaba de mi vida fracasada, me decía que le daba asco, me susurraba todo el rato maleficios al oído y me amenazaba, el muy tonto, con suicidarse o irse a vivir a una cabaña al monte, con dejarme, a mí, al reverso de su moneda, a su parte necesaria, abandonado. En cuanto yo quería algo, él hacía lo contrario, fingía, por despecho, enamorarse de cualquier chica que le sonriera y se metía en unos líos tremendos de los que siempre le tenía que sacar yo. Además, si íbamos a cualquier sitio tenía que estar todo el rato preocupado por él para que no creara ningún problema, con lo que al final terminé por dejarlo encerrado en casa. Lo malo es que sus lloros, cuando llegaba cansado por la mañana, no me dejaban dormir. Resultaba peor que un hijo idiota y, si no fuera porque era imposible, os juro que de buen grado lo hubiera ahogado con la almohada con tal de ahorrarnos tantas tonterías.

Era un absoluto desastre, así que, tras mucho discutirlo, un verano nos fuimos a Asturias, nuestra tierra natal, a tratar de descansar y pactar una nuevas reglas de convivencia.

Estando allí, su sobrino, un niño hermoso e inteligente, mucho mejor que él, de 5 años, se puso enfermo de repente. Le diagnosticaron leucemia. Como no quería dejar a Manuel solo, pues no sabía qué melodrama podía montar, le acompañé al hospital.

Su sobrino estaba inconsciente, con 40 de fiebre, pero, aún así, le dio un beso. Yo le cogí la mano, un poco temeroso, pues el tipo duro que yo era nunca se había enfrentado a algo así.

Era pequeña y delicada y temblaba y ardía como un pájaro de fuego.

A los dos días murió.

Cuando metieron la cajita blanca en la tumba, Manuel y yo nos abrazamos llorando.

Nos desmoronamos.

Él lamentaba no verle crecer, la tremenda injusticia del mundo, la ausencia de Dios. A mí me dolía hasta lo más profundo de mi ser, hasta zonas que no sabía tener, que nunca podría el pequeño gozar de esta vida, de su sufrimiento, de su alegría, de esta terrible fiesta de lloros y risas de la que yo tanto disfrutaba.

El dolor era, por primera vez en nuestras vidas, común; los dos sufríamos por lo mismo y a su lado cualquier otra preocupación parecía insignificante.

El dolor era totalmente auténtico. Real. Era la tragedia, que aniquila cualquier drama.

El dolor nos unió, finalmente.

Desde entonces nos llevamos mejor. Tras mucho esfuerzo, hemos logrado digerir parte de la gran pena que sentimos durante tanto tiempo. Vivimos desde hace dos años en Barcelona y estamos enamorados de una mujer que nos quiere a los dos y que compartimos encantados sin sentir celos. Tratamos de ser sinceros y, aunque seguimos discutiendo, ya no nos odiamos, pues hemos descubierto lo mucho que nos necesitamos. Yo le dejo trabajar duro, como le gusta, y lamentarse como un marica de vez en cuando y él me permite enseñar los dientes e intoxicarme de vida cuando es necesario .

La otra noche, borrachos, me dio las gracias por haber encendido el fuego en el momento apropiado. Yo le dije que no tenía por qué darlas, que no había hecho nada que él no hubiera hecho y que, además, a su vez, él me había salvado de morir quemado en mi propio incendio.

Ahora publicamos este libro, con algunos textos de esa época- muchos de ellos ni recordamos cuándo fueron escritos o cuál de los dos lo hizo- al que no queremos llamar poemario y que esperamos entendáis como hay que entenderlo; como los restos de un naufragio contra las costas del S.XXI, que podía haber sido peor y resultó muy necesario; como lo poco que pudimos salvar de estos años dolorosos y salvajes; como el pequeño refugio que logramos construir para afrontar un buen invierno y un mal verano; pero, sobre todo, como parte de lo que nos hubiera gustado enseñarle, cuando fuera mayor, a nuestro sobrino.

Muchas gracias por venir.

(Texto leído durante la presentación de mi libro, Y encima es mi cumpleaños, en Madrid, el 25 de enero, y Barcelona, el 15 de febrero. También estaba dentro del fanzine con textos inéditos que regalé a los asistentes)

 

portada fancine

                                (Portada del fanzine, por Cristóbal Fortúnez)

presentación Madrid (Presentación en Madrid: Elisa Fuenzalida, editora de Esto no es Berlín, yo y  el escritor Juan Soto Ivars en la mesa. Un montón de gente, amigos y desconocidos, aguantando el rollo delante)

sergiyo

(Presentación en Barcelona: el escritor Sergi Bellver y yo muy concentrados. El fanzine en un atril)

pequodfuera

(Presentación en Barcelona: algunas chicas guapas fumando el último pitillo antes de entrar a la orgía)

Al final, nada.

 Al final, nada, ni siquiera el alcohol, pues también éste, como todo lo demás, termina por echarte en cara cosas que no quieres reconocer, demostrando que nunca fue tu amigo ni te quiso. Al final, nada, ni las grandes gestas, ni todo lo que considerabas tan importante y en lo que te dejaste los años salvajes. Al final, tan sólo recuerdos limpios que no esperabas encontrar en tu maleta, calzoncillos Abanderado bien doblados, como aquella tarde siendo niño, mirando por la ventana de tu habitación cómo unas nubes gruesas tapaban el sol; aquel sauce llorón agitando la melena como un heavy melancólico tocando su último solo de guitarra; como aquella higuera donde grabaste con una navaja un corazón con tu nombre junto a otro que ya no recuerdas y que vertió lágrimas gordas y pegajosas que parecían semen, lágrimas del niño que moría dentro de ti cada vez que te violabas; como aquella cama que se hundía y te abrazaba en la casa de pueblo; aquella conversación exaltada, amarilla de cervezas, durante la que sentiste ganas de besar en la boca a tus amigos; las manos de tu abuela con una piel blanca que parecían un guante flojo y delicado; la sorpresa al ver unos cachorros de perro recién nacidos; el olor a lejía y comida del abrazo de tu madre; el olor a ozono de tu padre al entrar en casa tras un chaparrón de verano; un póster de Bowie en el cuarto de tu hermana; aquellas bandadas de risas de niños en el parque anunciando la primavera; el ambiente cargado de promesas bizcas y de pulgas sedientas de sangre de los vestuarios del polideportivo; un moro con montones de alfombras en la espalda como la mula de Sancho sin Sancho; tu primer judío de película al llegar a Londres; el césped verde bajo el sol del campus universitario, el aroma del césped recién cortado; las penumbras cálidas de una noche de insomnio, el tacto de la tapa de un libro; aquel oscurecer sangriento de vacaciones durante el que creíste ver jirafas orgullosas caminando por el contorno de los montes; el sabor de unos cuantos besos y los nervios en el estómago, tus pupilas dilatadas, pozo negro por el que caía la vida, en el espejo del baño de una discoteca, una pintada en la puerta de un retrete, serrín en el suelo; un ciprés y el contorno blanco de las lápidas de un pequeño cementerio bajo una débil llovizna, un ciprés y el contorno blanco de una mañana en la que apareció todo nevado y recién inaugurado, un ciprés y el contorno blanco de la nevada de estrellas del confeti cubriendo las calles un fin de año al volver a casa por la mañana, un ciprés y el contorno blanco de unas rayas de cocaína sobre la lápida de mármol de una cisterna; el humo de unas sardinas en la parrilla, de una hoguera en un prado lejano, de un trazo de acuarela negra en una libreta de papel grueso: una bicicleta oxidada barnizada por la lluvia; el eco de tu voz y de tu miedo al asomar la cabeza en la oscuridad de un depósito de agua abandonado y decir hola, por decir algo, a lo que allí dentro te está esperando; las bolas de polvo, los plastidecores rotos y las piezas de playmobil al mover el armario de la casa de tus padres cuando os mudasteis.

Al final, nada. Al final, escribir y dejarse llevar por el suave balanceo de una cuna movida por los sueños. Al final, yo, agarrado a los barrotes como un mono que quiere decir algo que se le olvida. Al final, yo, escribiendo como una termita ciega y desquiciada, haciendo túneles en la madera que se acaba. Al final, nada, descartar y que te descarten. Tratar de volver a ser ligero para que las ramas no se quiebren bajo mi peso y poder trepar así, de nuevo, a la copa de aquel árbol desde donde vi, hace tanto, todo lo importante.

Al final, nada, ni llamar ni que te llamen.

Al final, nada, escribir, sólo escribir, finalmente.

Al final, nada, pero tanto.

vencido

Entrevista por sorpresa.

Tenía un plan perfecto: salir durante las dos noches anteriores a la presentación para llegar a ésta con una gran resaca y el cerebro abotargado y que los nervios no me consumieran. Para estar dos octavas más grave. Así hice. Llegué contento y agotado, saludé a las muchas, muchísimas, algunas amigas, otras desconocidas, personas que allí había esperándome. Elisa habló, Juan habló e hizo reír al público, yo leí un texto que tenía preparado. Creo que gustó. Al menos, al final, aplaudieron mucho y con ganas. Cuando todo terminó, me relajé. Me comenzaron a temblar las piernas, como después de haber echado un gran polvo.

Con lo que no había contado era con que, al rato, vendría un señor de La Playa de Madrid con una cámara de video y me haría una entrevista.

Al día siguiente no recordaba ni una de las preguntas y, mucho menos, mis contestaciones.

He aquí el resultado. Como siempre me pasa, no reconozco mis gestos ni mi voz, aunque mis seres queridos me dicen que sí, que así soy yo.

En fin, echadle un vistazo si queréis, al menos podréis ponerle voz y movimientos a quien aquí escribe.

Besos a todos.

Puntos de venta de Y encima es mi cumpleaños.

Queridos tebanos:

Ante la sorprendente insistencia que habéis mostrado muchos, os aclaro dudas y os invito que que os gastéis 6 euros encantado de la vida.

-¿Cómo que 6 euros?

-Sí, así es: eso es lo que cuesta mi libro.

-Pero, pero, pero…

-Es una de las razones por las que rechacé la oferta millonaria de Visor. 6 euros nada más.

-Te queremos, Astur, puto goliardo.

-Oh, yeah. Comed y bebed todos de mí.

Esta es, de momento, la lista definitiva de lugares donde podéis encontrar mi rastro de baba de caracol.

Madrid: Arrebato Libros (Calle Palma, 21- Malasaña), La Marabunta (C/ Torrecilla del Leal, 32- Lavapies), Bajo el Volcán(C/ Ave María 42- Lavapies), La Infinito (C/Tres Peces 22-Lavapies) y Larepu Blicana (Calle Embajadores 41-Lavapies).

Barcelona: Pequod Llibres (C/ Milà i Fontanals, 59-Gracia)

Resto de España (Internet): La gente de Pequod venden y envían a toda España mi libro, y otros, sin cargos adicionales en su estupenda página web:

Y ENCIMA ES MI CUMPLEAÑOS, COMPRAR ON LINE

Si surge algún punto de venta de metadona nuevo os informaré.

Abrazos

 

foto libros pequod

Canciones para Y encima es mi cumpleaños.

Resulta bastante estúpido afirmar “ésta es mi canción preferida” o, peor aún, la versión cursi de pareja “ésta es nuestra canción”. Cada vez que escucho esa, por otro lado, común expresión pienso inmediatamente que a esa persona no le gusta la música en absoluto, pues, en mi opinión, cuando te gusta la música de verdad, como es mi caso, es imposible escoger una o unas cuantas de entre las miles que has escuchado y escucharás. Esas personas están confundiendo “me gusta” con “me recuerda a (nuestro viaje de novios, cuando nos conocimos, mi adolescencia, etc)”. Lo que les gusta es el recuerdo que les evoca. Es, por decirlo de algún modo, la banda sonora de una determinada escena o película que tienen en la cabeza con ellos como protagonistas. Pero si una canción realmente te apasiona la habrás escuchado tantas veces y a lo largo de tanto tiempo que resultará imposible asociarla a un único momento. ¿Acaso te gustaba un tema que escuchaste, qué sé yo, cuando perdiste la virginidad y ya nunca lo has vuelto a escuchar? No, no tiene sentido afirmar que es tu canción preferida. Como mucho, puedes decir que tal o cual canción evocan en ti un sentimiento, parecido a la nostalgia, que está asociado de algún modo a un periodo de tu vida muy amplio.

Eso es lo que he hecho. He estado releyendo mi recién publicado poemario (o libro, para ser más realistas y compactos, pues no creo, al menos en mi caso, que las fronteras entre poesía y prosa estén tan claras), Y encima es mi cumpleaños (Esto no es Berlín ediciones), y he intentado pensar qué canciones escuchaba, pues siempre estoy escuchando música, durante esos años, tan movidos e intensos, que me llevó escribirlo.

En la lista final hay de todo; desde canciones que ya no escucho nunca, pasando por canciones que sigo poniendo con insistencia y me continúan estremeciendo, hasta canciones que escuchaba en la adolescencia pero retomé con fuerza durante esa época.

No pretendo decir, como ya he dejado claro, que estas sean mis canciones preferidas, de hecho hay alguna que, ya, directamente, no me gusta ni una cuarta parte de lo que me gustaba antes, pero sí puedo afirmar que para mí, de un modo u otro, son la banda sonora de esta época y, por lo tanto, la música que, al menos yo creo, complementa de alguna forma los poemas. Otra pequeña abertura, como el libro, por donde enseñaros, si lo deseáis, un poco más de mis órganos y vísceras, con el aliciente de que han sido escritas por gente con mucho más talento que yo para cualquier persona que quiera apropiarse de ellas.

También, claro está, podéis escucharlas porque sí, en cualquier momento; seguro que a vosotros os recuerdan a mil cosas que nada tienen que ver con mi vida o, si no las conocéis, comenzarán su largo viaje por vuestra existencia.

En fin, aquí tenéis, espero que lo disfrutéis, por suerte siempre nos quedará la música.

(Pinchad en el texto, no en la captura de pantalla)

Y ENCIMA ES MI CUMPLEAÑOS, MÚSICA.

Y encima captura