Es mi culpa.
by manuelastur
Al poco de nacer yo despidieron a mi padre de la empresa pública donde trabajaba porque no era competitiva y fue privatizada y desmenuzada, con lo cual mi infancia, aunque feliz, fue modesta y exenta de caprichos.
En 8 de EGB hubo un recorte de presupuesto impresionante en educación debido a la crisis (sí, tontos, la anterior, este rollo viene de lejos) y mi soñado viaje a Italia de dos semanas, el cual se hacía todos los años desde tiempos inmemoriales – donde me aguardaban las primeras tetas manoseadas, las primeras cervezas y el primer beso con lengua- , se convirtió, gracias a lo que pudieron conseguir nuestras familias, en un triste viaje de 5 días a un espantoso Lloret del Mar, con parada técnica en Andorra de un día para comprar mierda que no queríamos exenta de IVA, y durante el que lo único que vi fueron turistas quemados por el sol y muchos retretes gracias a la gastroenteritis provocada por el buffet del hotel. Lo sé, no tiene importancia, son cosas de críos, pero a los críos nos gustaba y nos lo habían prometido.
Después pasé a 3º de ESO sin haber hecho ni primero ni segundo y fue bastante lioso para mi joven mente y para mi extraña formación académica. Cosas del progreso.
Por supuesto, oh, destino cruel, tampoco hubo, por primera vez, el imprescindible Viaje de Estudios de COU, durante el que tantas y tantas generaciones anteriores ponían la puntilla final al comenzado en 8º de EGB y convertían las tetas manoseadas en mojar el ciruelo y las primeras cervezas en comas etílicos, porque, claro, ya no había COU sino Bachillerato. Llamadme romántico, pero para mí era un pilar imprescindible en la futura persona adulta que algún día sería. Un premio a todos mis esfuerzos, un entrar por la puerta grande al mundo de los adultos.
Qué más. Ah, sí. Como parece ser que mis hermanas mayores habían bebido y fumado durante su primera juventud como sino hubiera mañana y ahora eran unas alcohólicas politoxicómanas e inadaptadas sin futuro y no querían que el problema se repitiera con nosotros, el Gobierno (creo que el PP, pero tanto da que da lo mismo) decidió cerrar todos esos bares donde los jóvenes nos reuníamos y aprendíamos de la vida a una hora ofensivamente temprana y prohibir la música en directo en ellos, con lo que mis amigos y yo nos vimos castigados a beber en espantosos parques y plazas muertos de frío porque los bares habían tenido que aumentar los precios hasta niveles de político corrupto y a ahorrar durante todo el año para, con suerte, poder ir a algún festival tipo FIB y suplir así de una tacada todas nuestras carencias culturales. Eso sí, de madrugada al borde de la lipotimia, podíamos refugiarnos en cómodas discotecas con precios (y limpieza y camareras y porteros) de puticlub y con peor música que estos. Al parecer estas eran más sanas para nosotros. Llamadme ahora superficial y mimado, pero qué queréis que os diga, el caso es que no tenía sentido: seguíamos haciendo lo mismo pero de un modo peor y más peligroso. Unos años después además de envenenarnos resultó que ahora también ensuciábamos y no dejábamos dormir a la gente de bien (que, curiosamente, se había comprado pisos a precio de risa en los cascos antiguos de las ciudades gracias a que esos ruidosos bares y esa juventud gritona habían echado años antes a las putas y los yonkies que allí vivían) y nos prohibieron hacer algo que ahora se llamaba “botellón”, que quedaba mucho mejor en la prensa que “beber en la calle por ser pobres”.
Con mi entrada en la veintena llegó el esperado Euro y ya fuimos del todo europeos. De la noche a la mañana lo que antes costaba, como un café, 100 pesetas, pasó a costar lo mismo, o sea: 1 euro, pero por alguna extraña razón ese cambio no se aplicó a los sueldos. Menos mal que todos comprendimos que era un precio que había que pagar por mover las fronteras para que África dejara de empezar en los Pirineos.
Sigo. Con mi título bajo el brazo, cansado de la cada vez más triste vida en provincias, me fui a Madrid en busca de libertad y oportunidades y empecé, por carambolas del destino y por pasión, a trabajar en eso que alguien, supongo que irónicamente, ha venido en llamar “industria musical Española”. Pero, hete aquí, que justamente el día que firmé mi primer contrato basura gracias a una salvadora ETT ( de nueva creación, para fomentar el empleo y de paso quedarse parte de mi ridículo sueldo) parece ser que comenzó la Crisis de la Música ya que, de la noche a la mañana, todo Dios empezó a piratear música sin tener razones para ello, por puro odio y latrocinio, y los mismos tipos que ganaban dinero a espuertas (y ahora pedían subvenciones y ventajas fiscales con la misma facilidad que mamadas a sus eficientes secretarias), gracias a que un cd que costaba fabricar 30 céntimos era vendido a 16 euros, decidieron que “esto no podía seguir así” y me despidieron a mí y a muchos otros e hicieron trabajar el doble a los que quedaron. Menos mal que el bueno de Tedi y la Inquisición de la SGAE cogió el toro por los cuernos y alzó el dedo acusador diciéndome que eso me pasaba por piratear y tener un carísimo I-Pod y esos mismo tipos, que seguían cobrando lo de siempre, tuvieron la genial idea negar lo obvio y sacar discos con sistema anti copia al mismo tiempo que dejaron de invertir en nuevos proyectos o nuevas carreras musicales de calidad, no Triunfitos, que pudieran dar razones a los delincuentes para no delinquir. Incluso, esto os juro que es cierto, algún lumbreras dijo: “hay que hacer cedés más lujosos, de cartón, digipacks los voy a llamar, y venderlos mucho más caro, para fidelizar”, y fueron y le hicieron caso. Llamadme iluso, pero hasta entonces creía que la música era un arte.
Joder, esto no se acaba, intentaré resumir. Bien, cansado de contratos basura y creyéndome eso de que el PP apoyaba a los nuevos emprendedores monté mi propia discográfica y para ello pedí un, más bien bajo, “crédito para emprendedores” que Aznar, parece ser, estaba dando a diestro y siniestro. Además dicho crédito era, he aquí lo interesante, el quid de la cuestión, “sin aval” porque, claro, si pedía un crédito miserable para montar un pequeña empresa sería porque no tenía dinero ni, mucho menos, aval. Pura lógica. Bendita economía. Pero como no leí la letra pequeña. y además soy tonto, ya desde el primer mes empezamos a pagar unos plazos salvajes con un interés ofensivo que tiraron a la basura todos nuestros sueños de creación de riqueza y cultura y que nos hacían imposible continuar (a nosotros y a cualquier “nuevo emprendedor” que no tuviera la inestimable ayuda de un “viejo emprendedor” como, por ejemplo, su papi).
Menos mal que, cansado de tanta mentira y recorte y falsa prosperidad con grandes intereses, ejercí mi derecho democrático con fuerza y voté a Zapatero, que iba a solucionar todos los problemas. Llamadme inocente, pero joder, era socialista, so-ci-a-lis-ta, y eso tendría que significar algo.
Así, entre currito y currito, pasaron unos años que recuerdo como esa escena de los Simpsons, en el episodio titulado “campamento Krusty”, en la que un Bart Simpson maltratado y asustado se aferra al sueño injustificado, pues está claro que se lucra con esa estafa, de que su admirado Krusty va a venir a poner en vereda a los malos que gestionan tan mal su campamento de verano sin que él lo sepa. Animado de nuevo y echándole valor decidí, junto con unos socios, intentarlo otra vez y monté una revista de música “realmente” independiente (en cuanto que no había intereses ocultos ni pertenecía a ningún grupo editorial). Porque “no había ninguna” y todo el mundo de discográficas y grupos alternativos con el que hablaba decía que era “imprescindible”, sobre todo en Madrid, y que ellos pondrían publicidad allí “encantados”. Y la revista salió y fue un éxito de público y todo el mundo la leía y me felicitaba y quería anunciarse en ella. El problema resultó ser que, al parecer, éramos “demasiado” independientes. Unos, sin duda confundiendo los términos “revista independiente” y “blog de mierda” o “puto fanzine fotocopiado”, querían que les pusiéramos anuncios a cambio de unos discos y entradas a conciertos y otros, más generosos, estaban “dispuestos a apoyarnos con un anuncio” (que alguien me explique ese verbo ahí, yo sigo sin entenderlo) a cambio de que nosotros les apoyáramos dejando de ser tan independientes y poniendo en portada a uno de sus grupos (normalmente el mismo del anuncio de “apoyo”). Pero bueno, de cualquier manera lográbamos cubrir los gastos (eso sí, sin cobrar ningún tipo de sueldo, que eso es de burgueses, no de auténticos indie-stars soñadores como nosotros) y en los bares nos invitaban a copas, no hacíamos colas en las discotecas y siempre nos ofrecían alguna que otra ralla porque molábamos mucho. Un lujazo. Llamadme tonto, pero para eso me habría quedado en mis mierdas de trabajos, al menos allí sólo tenía que aguantar a un gilipollas y curraba muchas menos horas y sin que me fuera la vida en ello.
Hasta que, ¡tachán!, estalló la otra CRISIS. La grande, la que se merece mayúsculas, la de hoy en día, y de la noche a la mañana todo el mundo, empezando desde arriba, especialmente los que seguían chupando dinero y siendo chupados por sus secretarias, encontró la excusa perfecta para afirmar que no tenía ni un puto duro y, por lo tanto, oh, qué pena, cómo lo siento, pero el primer jodido soy yo, maldita crisis, no podían pagar nuevos y carísimos anuncios de 100 euros y, mucho menos, lo que nos debían, porque el Merecedes consume mucha gasolina y no es tiempo de invertir en nuevos proyectos por muy interesantes que estos sean, con lo que nosotros, que no podíamos pagarnos abogados como ellos para reclamar lo que era nuestro, tampoco pudimos pagar nuestras deudas. Para rematar uno de mis socios se quedó sin trabajo y como él, el muy gilipollas, si había aceptado que le invitaran a mucha coca y ahora tenía que pagarla decidió robarnos el poco dinero que nos quedaba y largarse a morirse a otra parte. Así que adiós y buena suerte.
Ahora desde hace un año y pico me dedico, o al menos lo intento, a escribir: para revistas y a para mí mismo. La música ya sólo la tengo como hobby porque así define el diccionario algo que te apasiona y requiere esfuerzo pero no es remunerado. Soy un periodista y un artista, un periodista-artista, o un artista-periodista, o un perdista, o un perdido, o un pardillo, o un gilipollas, pero, vamos, puedo decir que como menos, algo menos, pero cago mejor. Incluso fui lleno de esperanzas a las primeras manifestaciones del 15 M hasta que comprendí que si se supone que nuestro sistema democrático no me representa bien y por eso me tiré tantas horas golpeando un cazo en la calle mucho menos aún lo va a hacer un absurdo sistema, apto para cuatro, de asambleas utópicas e izquierdistas y me fui con el rabo entre las piernas.
Así ha sido, más o menos, mi vida en lo tocante a la economía. Y por fin llegamos al momento, hace muy poco, en el que le propuse escribir un reportaje a una revista – de esas super famosas leídas por todos y que, como son culturales, y por lo tanto necesarias, y están impresas en papel así como chulo, cuestan un dineral- y les encantó la idea y quedamos en el número de palabras (un huevo, cojonudo) y en el plazo de entrega (“para ayer si quieres llegar al cierre”) y todo era perfecto y bueno. A todas estas, cuánto me pagas, pregunté a mi interlocutor recordando que lo cortés no quita lo valiente. ¿Pagar? Jajajajaja. No, hombre, no. No pagamos nada, y menos a nuevas firmas. Aquí “promocionamos” a nuevos escritores. Y ya es bastante riesgo con la CRISIS que hay. Me contestó sin inmutarse como si fuera algo muy obvio, perdonando mi tonto desliz. Le dije que entonces no me interesaba, que me llevaría la hostia de trabajo y para escribir gratis ya tenía mil sitios que me gustaban mucho y que realmente no podían pagar porque tampoco ingresaban. Me dijo que vale, no añadió más, y colgó. Me quedé con el teléfono en la mano, pensativo, con cierta sensación de déja vu rechupeteado, durante un largo rato, sin comprender, como siempre, del todo.
Pero esta noche, en esta habitación de mi infancia donde empezó todo esto que os acabo de contar, en esta casa de mis padres a la que he venido a pasar unas Navidades que vienen con tremendos recortes hasta para los regalos de mis sobrinos pequeños sin que entiendan la razón- del mismo modo que las explicaciones de mis abuelos sobre las normas de Dios no convencían a mis padres cuando eran niños- he comprendido, por fin, que el error es, y siempre ha sido, mio. Que yo soy el culpable de todo esto.
Culpable de haber nacido en un país vago y poco productivo que no ha sabido adaptarse a los nuevos mercados. Culpable de haber creído que bastaba con estudiar y tener talento. Culpable de haber estado bebiendo alcohol en los parques en vez de levantando España. Culpable de haberme ennegrecido los pulmones con peligrosísimo, y lleno de impuestos, tabaco para provocarme un cáncer y de paso provocárselo a todos los demás. Culpable de no ser Europeo. Muy culpable por haberme descargado música para escucharla en unos aparatos que pagué con mi dinero y que anunciaban en todas partes. Culpable de no escuchar la radio comercial ni querer ver malísimos programa llenos de anuncios en la tele. Culpable, muy culpable, de utilizar las regrabadoras de cd que venían con mi ordenador para grabar cds. Culpable de utilizar el ancho de banda de mi carísima linea ADSL para escuchar música online y ver películas, aunque precisamente para eso sea tan ancha y cara. Culpable de no ser bastante de izquierdas ni de derechas, de creer cada día menos en la política. Culpable de ser emprendedor pero no rico. Culpable de no querer aceptar que viviré peor de lo que vivieron mis padres. Culpable de creerme especial, de creerme alguien. De no dar la gracias por no tener futuro pero sí un Mac y no rezarle todas las noches a, el Jesucristo de la tecnocracia, Steve Jobs. De querer decidir por mi mismo. Yo, culpable, y, por supuesto, todos vosotros culpables, de no haber leído la letra pequeña del contrato que firmé con la sociedad de bienestar nada más nacer y confiar en que alguien, quizás un político, lo haría en mi lugar .
Culpable, sobre todo, de no comprender que los tipos que me dejaron sin viaje de estudios, que me despidieron, que no pagaron sus deudas y que no quieren pagarme mi trabajo bastante tienen con intentar concentrarse y obtener aún más beneficios, para salvarnos a todos, con tanta Crisis, tantos recortes y tanta piratería e inminentes amenazas mientras se la chupa, debajo de la mesa, su secretaria o un nuevo escritor dispuesto a ser promocionado.
Perdón.

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