Once
by manuelastur
Un día entras en el baño cuando tu padre sale, como tantas otras veces, y junto con un olor nauseabundo te inunda también la rabia. Otro, cuando entras en su habitación, que no tiene cerrojo, a hacer cualquier cosa lo encuentras desnudo, cambiándose de ropa, y descubres horrorizado, ves por primera vez, esos grandes testículos colgones. Te ofende como si hubieran sido puestos allí para herir tu vista y, al mismo tiempo, sientes pena por tu padre y rabia por tener que sentir pena por él. Cada día es un terrible hallazgo, comienza a tirarse pedos, a erutar, a sorber con estruendo al comer, no sólo la sopa sino cualquier cosa, y, para rematar, resulta que no siempre tiene la razón, como antes, e incluso, más bien, dice montones de idioteces.
Y con tu madre pasa otro tanto. La abrazas y no puedes evitar oler ese tufillo a sudor agrio. Sus zapatillas apestan y sus manos están frías y húmedas cuando le permites, cada vez menos, que te acaricie. Se suena los mocos con repulsivo deleite, siempre con el mismo pañuelo viejo y asqueroso que guarda en el sujetador, y a veces la comida que cocina no es óptima. Está infinitamente mejor la tortilla de patata del bar del instituto. Además empiezas a sospechar que no es, como creías, tu mayor aliada, tu amiga, ya que siempre termina dando la razón a tu padre, ve a pedirle perdón a papá, anda, e incluso le cuenta tus tremendísimos secretos.
Una noche te despierta un ruido y entiendes.
Comprendes claramente, de un modo punzante y doloroso, que ese sonido rítmico a muelles y a madera crujiendo, esos suspiros cortos, esos gritos ahogados, esos tosidos, en los que nunca te habías fijado, significan algo terrible. No puedes evitar sospechar que han empezado a follar de nuevo para humillarte y darte asco.
Poco a poco pero sin descanso el vaso se va colmando de mil ínfimos detalles que antes carecían de importancia y comienzas a sentir rencor. Un rencor teñido de culpa. Culpa que te provoca más rencor y de la que la que les echas la culpa.
Quiere ser bueno pero cada día le cuesta más perdonarles. Por haberle defraudado y ser tan insoportablemente humanos. Por haberle dejado tan solo.
Abre la puerta del viejo armario de roble del salón comedor y extrae una decolorada caja de metal que, según reza el dibujo, en otro tiempo contuvo galletas suizas o algo así. Saca todos los medicamentos sin cuidado y los tira por la gran mesa de roble. Se para en uno y lo observa con gesto de dolor. Lo abre y lee el prospecto. Tuerce la boca y tira prospecto y caja a un lado. Repite el proceso con varios medicamentos hasta que da con lo que busca. Presiona y saca una pastilla. Se queda unos segundos pensativo hasta que ve la gran jarra de agua en la mesa. Se mete la píldora en la boca y echa un trago directamente por la boquilla. En ese momento entra su madre cargada hasta los topes de ropa de tendal para planchar, cuyo olor a jabón de marsella inunda toda el salón, y se detiene dubitativa a contemplarlo, con el paso congelado, como un dibujo egipcio. Por fin le pregunta que sí está malo. Él dice con desgana que le duelen las muelas. Ella suspira y deja la gran montaña de ropa en el sofá antes de acercarse y mirar lo que ha tomado. Esto es un analgésico, dice sosteniendo el envase en sus sólidas manos, fuertes de tanto trabajar, pero si es una infección tendrás que ir al dentista y que te recete antibióticos o se te pondrá peor. Él la mira como si fuera un ser de otro planeta y sin decir nada se gira y se va.Ella se queda con la palabra en la boca. Antes de irse con su olorosa carga vuelve a meter todos los prospectos en las cajas y todas las cajas en la caja de metal y la caja de metal en el armario.
