Malaparte, la piel del perro.

 

En todas las bodas quería ser la novia: en todos los entierros, el difunto”

Leo Longanesi hablando de Malaparte.

 

Pertenece el italiano Curzio Malaparte a esa raza de escritores y artistas surgidos durante la primera mitad del s.XX, antes de la dictadura de lo políticamente correcto, que resultan apasionantes tanto por sus aciertos como por sus errores; esos creadores que no supeditaban su libertad personal y talento a nada ni a nadie y apostaron fuerte. Pienso en casos llamativos como el del escritor noruego Hamsun, desposeído de su fama, honores y bienes por haber apoyado al régimen nazi en contra de los anglosajones. Pienso en Celine, declarado en su país “desgracia nacional”. Pienso en tantos escritores vanguardistas que se sintieron atraídos, como millones de ciudadanos, por el, de aquella, moderno fascismo y que tuvieron la mala fortuna, al menos en términos históricos, de escoger el bando que estaba destinado a perder la guerra contra el tiempo. Incluso pienso en casos más sangrantes aún; escritores como los geniales Wenceslao Fernández Flórez, Jardiel Poncela o el mismísimo Ramón Gomez de la Serna, a los que no se les termina de perdonar que no tomaran parte por ninguno de los bandos y se limitaran a ser fieles a su arte, sin importar quién fuera el titiritero de turno. Autores castigados por esta historia que aún están escribiendo los vencedores y olvidados por los que necesitan mártires para alimentar el fuego de esa revolución que tanto anhelan. Escritores apátridas, pues su país hace tiempo que ha desaparecido, y que, desde hace unos años, algunas editoriales valientes tratan de rescatar del olvido. Y entre ellos Malaparte -tan odiado por muchos, un personaje tan difícil de clasificar, ególatra, fanfarrón y mentiroso, político fracasado, escritor de tremendo éxito en su momento y luego olvidado, que fue republicano, anarquista, fascista y comunista para, al final, no ser nada de ello, o quizás “malapartista”, que apoyó a Mussolini para después renegar de él, que afirmaba identificarse más con los perros que con los hombres, un ser tan orgulloso, un prosista tan arrebatado e intenso, un pensador más intuitivo que exacto, ansioso de fama y éxito, precursor del marketing que después utilizaron muchos artistas-, el cual continúa siendo uno de los más difíciles de rescatar de este olvido, pues, si bien como escritor es, en mi opinión, uno de los mejores del s. XX, no interesa a los poderosos ni se puede hacer una bandera con su vida, ya que aún sigue planteando demasiadas preguntas incómodas cuya única respuesta sólo puede ser ésta: total y absoluta libertad, para bien y para mal, siempre.

Curzio Malaparte nació en 1898 en Prato como Kurt Erich Sukert. Hijo de un empresario textil alemán del que renegaría toda su vida, como renegó de su rama familiar alemana, ya desde los 12 años se interesa por lo que serían las tres pasiones de su vida; la literatura, la política y él mismo. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, a los 17 años, se fuga de casa y se alista en ejército francés, donde obtiene varias condecoraciones al valor, una lesión pulmonar por las bombas de gas y una fuerte admiración por la voluntad de poder. Ya de vuelta en Italia, se alista en el partido fascista de Mussolini. Comienza así su carrera política y literaria con numerosas publicaciones -destacando en 1921 la revuelta de los santos y en 1931 Técnicas de golpe de estado-, llegando a ser uno de los chicos mimados del régimen fascista, al que defiende y promueve con incendiarios escritos en la prensa nacional y extranjera, y que le recompensa dándole, aparte de alguna función aún no clara en el cuerpo diplomático que le permite viajar por toda Europa, el puesto de editor del importante periódico La Stampa, profesión en la que se emplea con pasión, fundando incluso su propio periódico, durante esta década. Desarrolla también en esta época uno de los rasgos más característicos de su personalidad: el no poder, ni querer, callarse la boca, como un perro que se niega a que su amo le ponga el bozal, hasta el punto de granjearse terribles enemigos – entre ellos el mismo Hitler e, incluso, Trotski- que pusieron fin a su aspiraciones políticas en 1933, cuando Mussolini, cansado de sus provocaciones, lo destierra a la isla de Lipari. Tras esto, continuarán sus ataques a su en otro momento amado líder y sus estancias en la cárcel, hasta que Italia es liberada por los aliados. Aún así, esta animadversión no es tan terrible como él mismo se encargó de hacer creer, pues con el estallido de la Segunda Guerra Mundial es enviado a cubrir la guerra en Rusia como corresponsal para el Corriere della Sera, y sus artículos desde el frente ucraniano son recopilados en 1943 y publicados bajo el título Il Volga nasce in Europa (El Volga nace en Europa).

Tras la guerra, emplea todas sus fuerzas en desligarse del partido fascista, del que efectivamente fue expulsado en el momento de su destierro a Lipari, y publica sus dos libros más famosos, Kaputt (1944) y La pelle (La piel, 1949), en los que narra sus experiencias en la guerra, que serían todo un best-seller mundial y le granjearían una fama como escritor tan merecida como polémica e incómoda para muchos.

Son probablemente estos tres últimos libros lo mejor que escribió, la cumbre de su carrera y también, por eso, los más atacados por sus detractores, pues están llenos de inexactitudes con respecto a su vida, la cual no tiene ningún problema en alterar. Pero no es una mentira como tal y jamás lo admitió, ya que hacerlo así, admitir la posibilidad de engañar, conllevaría aceptar la posibilidad de que existiera lo real más allá de la representación y la distorsión, cosa que él no creía. Y aquí precisamente -aparte de en una prosa hipnótica, tremendamente poética y profunda, que oscila entre la crueldad, la mayor de empatía y la ternura- radica lo mejor de su literatura. Ya que, al contrario que otros buenos alumnos que vivieron la guerra, como Hemingway, Aragon, Cocteau o Morand, y que tomaron buena nota del momento desde la retaguardia (o desde el hotel Ritz), pero que se limitaron a presentar los hechos, la Historia, como algo inevitable a lo que sus personajes, insignificante héroes sobrepasados, se tenían que adaptar (como si fuera el Destino griego, y no los hombres, el responsable), de un modo que no ofendían a nadie, removiendo la superficie del estanque pero dejando tranquilo el fondo, Malaparte, una vez más, se erigió orgulloso como la voz necesaria para agitar las conciencias, ampliar la visión que de este conflicto nos querían dar y advertir sobre los caminos que podría seguir, de un modo casi visionario, como el paseante solitario que se alza sobre el ruido del presente y desde la cumbre puede ver el horizonte.

Aventurero incansable del espíritu, en la última estapa de su vida, se interesó por el teatro y el cine, llegando a dirigir una película, El Cristo Prohibido (1950), premiada en el Festival de Cine de Berlín, e incluso coqueteó con el comunismo, siendo invitado por el mismísimo Mao a viajar a China. Viaje del que tuvo que regresar inesperadamente al serle detectado un cáncer de pulmón provocado por los gases inhalados durante la primera de sus muchas batallas y del que moriría en 1957 a la edad de 59 años. Aún así, hasta el último día, siguió desarrollando su personaje y su vida, convencido de que no se moriría -estaba planeando dar la vuelta a EEUU en bicicleta patrocinado por, nada más y nada menos que, CocaCola-. Seguro de que aún podría seguir siendo por mucho tiempo un perro libre dueño de su vida y, aunque parezca lo contrario, con una coherencia interna difícilmente igualada por otro artista. Una coherencia para con sí mismo, para el Arte, para con el individuo que somos todos, contra la masa en que nos quieren convertir.

Dejemos que el propio Malaparte, siempre sin bozal, se lo explique a quien quiera atender: “Esa es la bandera de nuestra patria, de nuestra verdadera patria. Una bandera de piel humana”.

(Publicado en la Revista Quimera en Julio de 2013)

malapartemáscara

Anexo. Obras de Curcio Malaparte, en italiano y traducidas al español.

Italia barbara, Turín, Gobetti, 1925.

En torno al casticismo de Italia, trad. Ernesto Jiménez Caballero, Madrid, Tip. Caro Raggio, 1929.

Sodoma e Gomorra, Milán, Treves, 1931.

Sodoma y Gomorra, trad. Eduardo Bittini, Barcelona, Luis de Caralt, 1957 [reeditado en Barcelona, Backlist, 2008].

Téchnique du coup d’état, París, Grasset, 1931 [1.ª ed. en italiano: Tecnica del colpo di stato, Milán, Bompiani, 1948].

Técnica del golpe de estado, trad. Julio Gómez de la Serna, Madrid, Ulises, 1931.

Técnicas del golpe de estado, trad. Vítora Guevara, Barcelona, Backlist, 2009.

Fughe in prigione, Florencia, Vallecchi, 1936.

Evasiones en la cárcel, trad. Manuel Bosch Barrett, Barcelona, José Janés, 1958.

Sangue, Florencia, Vallecchi, 1937.

Sangre, trad. Manuel Bosch Barrett, Barcelona, José Janés, 1958.

Donna come me, Milán, Mondadori, 1940.

Mujer como yo, trad. Dionisio Ridruejo, Madrid, Guadarrama, 1958.

Il Volga nasce in Europa, Milán, Bompiani, 1943.

El Volga nace en Europa, trad. Jesús López Pacheco, Barcelona, Luis de Caralt, 1961.

Kaputt, Nápoles, Casella, 1944.

Kaputt, trad. R. Coll Robert, Barcelona, José Janés, 1947.

Kaputt, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2009.

Don Camaleo, Florencia, Vallecchi, 1946.

Don Camaleón, trad. Maria Bages, Barcelona, Plaza & Janés, 1952.

La pelle, Milán, Aria d’Italia, 1949.

La piel, trad. Manuel Bosch Barrett, Barcelona, Plaza & Janés, 1963.

La piel, trad. David Paradela López, Barcelona, Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, 2010.

Storia di domani, Roma, Aria d’Italia, 1949.

Historia de mañana, trad. Fernando Barangó-Solís, Barcelona, Plaza & Janés, 1949.

Anche le donne hanno perso la guerra, Bolonia, Cappelli, 1954.

También las mujeres perdieron la guerra, trad. Adolfo Lozano, Madrid, Alfil, 1963.

Maledetti toscani, Florencia, Vallecchi, 1956.

Malditos toscanos, trad. Manuel Bosch Barrett, Barcelona, Plaza & Janés, 1959.

Batibecco: 1953-1957, Milán, Palazzi, 1957.

Picotazos, trad. Jesús López Pacheco, Barcelona, Luis de Caralt, 1960.

Mamma marcia, Florencia, Vallecchi, 1959.

Mama marchita, trad. José Vidal, Barcelona, Plaza & Janés, 1960.

L’inglese in paradiso, Florencia, Vallecchi, 1960.

El inglés en el paraíso, trad. Domingo Pruna, Barcelona, Barcelona, Plaza & Janés, 1961.

Diario di uno straniero a Parigi, Florencia, Vallecchi, 1966.

Diario de un extranjero en París, trad. Francisco José Alcántara, Barcelona, Plaza & Janés, 1967.

Il compagno di viaggio, en Malaparte [obras completas], XII, Florencia, Ponte alle Grazie, 1996 y Prospettive Libri, n. 10, octubre de 1981.

El compañero de viaje, trad, Paula Caballero, Málaga, Alfama, 2010.

Muss, en Malaparte [obras completas], XI, Florencia, Ponte alle Grazie, 1996.

Muss. El gran imbécil, trad. Juan Ramón Azaola, Barcelona, Sexto Piso, 2013.

Escribir la tristeza.

Se preguntaba la semana pasada en Facebook un escritor amigo mío si escribimos mejor cuando estamos tristes. Se planteaba ese mito romántico que tantísimos poemas adolescentes atroces nos ha dejado. Y me ha dado por reflexionar sobre mi propia experiencia como escritor, porque, claro, cada cual hace lo que puede y, por fortuna, no existen normas.

Por pensar en que, cuando he estado mal, en las peores épocas de mi vida, no he podido escribir y lo poco que escribía era basura. Algo parecido a cuando anotas una idea que te parece genial estando borracho y, al día siguiente, te mueres de vergüenza ante el mensaje que dejó aquél subnormal que eras -por esta razón no salgo de fiesta con libreta desde hace años-.

No, sin duda, al menos yo, no puedo, ni quiero, escribir estando mal, como tampoco puedo escribir estando feliz. Sólo soy capaz de hacerlo desde el sosiego que me da la claridad de mente necesaria, esa luz que busco. Porque, para mí, escribir tiene mucho de arrojar luz sobre la realidad, y desde una cueva o desde una cumbre no puedes hacerlo.

Con esto no quiero decir que crea que el escritor tenga que ser cerebral y frío, encerrado siempre en su estudio, ajeno a la vida como una persona resolviendo sudokus creados por ella misma o un coleccionista de sellos que jamás ha recibido una carta. No, qué va. Personalmente pienso que, primero, antes de escribir, se ha de vivir mucho y sin miedo -los artistas que me gustan son valientes-. Y éste es el consejo que daría a cualquier joven cachorro que me pidiera consejo: Emborráchate de vida, déjate amar y joder por ella, cógela a manos llenas. Porque el material literario que, al menos a mí, me interesa es la propia vida, y ya sea para escribir ciencia ficción, novela policiaca o un drama, has de conocerla de primera mano, a fin de que tu literatura no esté muerta y sea creíble y sincera.

En definitiva, la tristeza, como la alegría o el dolor, es un material literario básico, pero, al menos yo, no puedo escribir sobre ella desde ella. Como tampoco puedo describir una borrachera estando borracho. La tristeza no es una herramienta, es el material. Si lo escribo, es que ya ha pasado. Dalí decía que la única diferencia entre un loco y él, era que él no estaba loco. Yo podría decir que la única diferencia entre alguien que sufre y yo, es que yo ya no sufro.

bufón

Ya está aquí, una vez más.

Me produce terror desde niño. Me persigue.

Tendría unos 7 años y había en mi clase un niño con el que nadie hablaba, gordo, raro, con gruesas gafas de pasta y con un parche en el ojo y que solía oler a una mezcla de sudor, ropa húmeda y cocido con mucho tocino rancio. Circulaban rumores de que era de un familia muy pobre y que su padre era un alcohólico que le pegaba palizas, incluso que abusaba de él, pero nunca pude confirmarlo, aunque encajaba en el personaje y contribuía a aumentar su leyenda. Aún así, alguna vez había yo hablado con él y, si bien su aspecto era lamentable, no tardé en comprender que no era mal niño y que la fuente de su supuesta antisociabilidad no era otra que un profundo miedo hacia lo que le rodeaba; hacia mí, en un principio, hacia mis compañeros, hacia todo y todos. Me lo encontraba durante el recreo, paseando solo, por las esquinas, como un cerdo en una jaula de leones tratando de pasar desapercibido, y me acercaba a charlar un momento, intentando que nadie me viera a su lado, que nadie pudiera creer que era yo su amigo, que era como él. En realidad, aparte de su profunda soledad, durante todo el curso no tuvo mayor problema, pues él se alejaba de todos y todos le ignoraban, ya que les producía repulsión y cierto temor ante lo extraño, ante lo desconocido.

Era primavera y los niños estaban excitados ante la perspectiva del infinito verano que se acercaba, ante la vida que explotaba a su alrededor. Yo vi cómo comenzó. Un niño de mi clase se le acercó por detrás y, sin mediar palabra ni provocación, le dio un golpe en la nunca muy fuerte que hizo que le saltaran las gafas. Todos nos quedamos mirando qué pasaba, cuál sería su reacción. Esta no fue otra que quejarse débilmente, coger sus gafas del suelo y alejarse, muerto de miedo, con lo cual el niño agresor confirmó que era más fuerte y que no tenía nada que temer. Se rio y, ya envalentonado, atacó de nuevo y comenzó a darle puñetazos. El resto de niños se fueron uniendo, de uno en uno al principio, en grupo después. Llevaban tiempo deseándolo, aunque no lo supieran de un modo consciente. Se acercaban corriendo y riéndose y le daban una patada o un golpe. Las niñas contemplaban el espectáculo sin participar y también se reían, con una mezcla de desprecio ante esos bárbaros brutos y de coquetería por ver a los minúsculos hombres cazando. Él se había hecho un ovillo en una esquina del patio, contra el muro, y se protegía la cara con los brazos. Sollozaba. Yo lo observaba todo, extrañado. Uno de los niños, no sé si el primero, pero sí que era uno de los matones naturales de la clase, se me acercó y dijo: Astur, pega a ese hijo de puta. Vamos. Yo me acerqué a él y él me reconoció. Se apartó las manos de la cara y me miró con esperanza; yo era lo más parecido a un amigo que tenía en todo el colegio, yo podía ayudarle. Pero no podía, claro que no. En cuanto estuve delante de él, le pegué un puñetazo con todas mis fuerzas y, ahora sí, sus gafas cayeron al suelo tras romperse contra su ceja, la cual partí. Él me miró de nuevo, mientras sangraba. Ya no lloraba. No comprendía. Después, simplemente se sentó y volvió a hacerse un ovillo mientras aguardaba a que se cansaran de pegarle o a que viniera algún profesor a terminar con el linchamiento. Tras esta paliza hubo otras, aunque ya no tan excesivas, se convirtió en algo normal. También aumentaron los rumores sobre su vida. Su padre ya no abusaba de él, sino que él era un marica pervertido y consentía. Se decían mil cosas estúpidas y terribles. Todos le odiaban. Yo no volví a pegarle, pero tampoco volví a hablarle.

Nunca olvidaré su mirada.

Desde entonces me produce terror. Me aterroriza la masa. La masa, formada por individuos que se creen independientes. La masa, que, en realidad, es un único cuerpo exaltado moviéndose por impulsos primarios. La masa, que es una consecución de acciones tras un primer movimiento esperado, tras una chispa que enciende el fuego. La masa, que convierte en el símbolo de todo lo que detesta, de sus miedos, todo lo que no comprende. La masa, que se cree valiente y es lo más cobarde que existe.

Hoy me la he vuelto a encontrar. Está justificando, e incluso celebrando, el asesinato de una política ayer en León. El asesinato de un ser humano, corrupto o no, político o no, que no conoce a manos de otros seres humanos igual de desconocidos. Habla del pueblo cansado de corrupción, dice que quien siembra tormentas, recoge tempestades, habla de la izquierda radical asesina, habla de la derecha explotadora. Convierte un acto atroz, tan complejo y humano, en bandera de algo, de uno u otro bando. Y todos se creen que piensan, que tienen ideas propias. Pero no, yo la conozco, hace tiempo que trato de escapar de ella, para no encontrarme nunca más con la mirada de aquel niño, para que me no obligue una vez más a elegir, pues siempre dice que estás con ella o contra ella. Es la masa. Y no quiero saber nada de ella. Prefiero pasear solo por el patio del colegio.

00000000000000 d

Todo gratis.

 

todo gratis

Un arte para todos, actualmente, sería algo así como una puta enajenada

José Domechina, a principios del s.XX.

 

Acaba de salir un informe de la Federación de Editores en el que se afirma que: “El número de lectores en soporte digital supera la mitad de la población española mayor de 14 años (58%). Entre los lectores de libros electrónicos las formas de acceso son diversas.(…) Los lectores entrevistados que adquirieron libros digitales señalaron que sólo pagan 4,5 libros de cada 10 que leen. Los otros 5,5 los consiguen gratuitamente.” Lo más llamativo es que los medios que se hacen eco de este informe resaltan el poco éxito que están teniendo en España los libros electrónicos, más que instaurados en otros países. Eso, según ellos, es lo importante, la noticia, lo otro, que no se paguen más de la mitad de los libros -y eso aceptando que todos los encuestados digan la verdad, cosa nada probable-, parece ser, es el modo que tenemos en este país de entender el progreso.

Pero yo no me sorprendo, porque ya he vivido este proceso. Lo viví hace cosa de diez años, cuando trabajaba en la, de aquella, industria de la música. También entonces mucha gente abrazó con entusiasmo la gratuidad y las nuevas posibilidades que ofrecía el Internet de banda ancha, también entonces los medios seguían día a día, aplaudiendo, su imparable avance.

Recuerdo muchísimas conversaciones sobre el tema. Montones de discográficas independientes estaban encantadas. Lo veían como una oportunidad de llegar a más oyentes, como un modo de luchar contra las multinacionales, las cuales, como dinosaurios lentos que eran, no reaccionaban y estaban obsesionadas con los vendedores ilegales de Cds que llenaban las calles. Los grupos, por su parte, también creían que era fantástico. ¡Cuanta más gente nos oiga, más gente vendrá a nuestros conciertos! Afirmaban, pletóricos. Además, si un disco es bueno de verdad, te lo terminas comprando, esto es así, decían discográficas, grupos y oyentes bienintencionados. De este modo, te aseguras de no tirar tu dinero y los productos de mierda de las multinacionales quedan en evidencia, añadían, encantados de la vida.

manta2

Yo, por mi parte, dudaba de que esto fuera cierto y siempre ponía el ejemplo de una campaña promocional que había hecho unos pocos años antes. Os lo cuento a vosotros también, a ver si os convenzo, cosa que no hice con ellos. En la discográfica en la que trabajaba por entonces, cuando la forma de piratería que se estilaba era todavía el “top manta” -mi primer trabajo en la música, con apenas veinte años-, habíamos hecho un cálculo muy optimista. Según éste, fabricar 5.000 Eps sencillos en Cd, en funda de cartón, salía tan barato, cosa que era cierta, que, si los regalábamos en los conciertos y eventos, y si gracias a ellos vendíamos 100 Lps, ya ganábamos dinero, por no decir que esperábamos vender muchísimos más gracias al entusiasmo y al boca oreja. Es genial, ya que las radios y los medios no nos hacen el menor caso y están vendidos al capital y a la ignorancia, seamos nuestra propia radio, afirmamos. Y así hicimos, doblando la apuesta y fabricando 10.000. Incluso pusimos en la contraportada el mensaje optimista de “Tú eres nuestra radio”. Nuestro primer acto fue en un acústico en la FNAC de Callao, en Madrid. Actuaron dos grupos de la discográfica y hubo llenazo. Dejamos un montón de Eps para que los asistentes los cogieran, GRATIS decía un cartel a su lado, y yo mismo di en mano a todo el que entraba y salía. Las personas lo agradecían, sorprendidas por tanta generosidad y sonreían. Qué éxito, por Dios. Todo iba según lo planeado. Cuando el concierto terminó, recogimos el equipo y salimos a la calle, satisfechos por estar haciendo Historia. Entonces lo vimos: las papeleras estaban a rebosar de los Eps que habíamos regalado y, cada pocos metros, había uno tirado en el suelo, pisado. Entonces comprendí: nadie aprecia lo que es GRATIS. Si es gratis, sienten, es porque no merece la pena, si lo regalan, es porque ni ellos lo quieren. Ni que decir tiene que esto se repitió en todos los lugares que visitamos y no creo que vendiéramos ni un Lp gracias a la campaña, más bien lo contrario. Pero lo más curioso es que, sin embargo, como comprobé después, sí hubo mucha gente que se descargó el disco, y el ep que no querían, del e-mule, cientos. También comprendí: al menos en este país, si lo consigo yo gratis, tiene más valor que si es gratis desde el principio. Por supuesto, no convencí a nadie con esta historia. Los que la escuchaban, me miraban con comprensión, sí, pero en sus ojos, sobre todo en los de los músicos, había un brillo que delataba lo que estaban pensado: “pobrecito iluso, el problema no es que fuera gratis, es que el grupo era malo; a mí no me va a pasar eso, yo soy buenísimo, yo soy un genio”.

Ahora que han pasado los años, pocos grupos o discográficas defienden su discurso de entonces. De los ipod con 40 gigas de música y del e-mule, hemos pasado a tenerlo todo gratis sin necesidad de descargarlo, ya nadie recuerda el tan cacareado “top manta”, los basureros están llenos de Cds y las tiendas de discos son un viejo recuerdo, y del entusiasmo de los medios con las nuevas tecnologías musicales y de la campaña contra la SGAE -que es cierto que lo hizo fatal y sólo se dedicó a tratar de sacar tajada, en plan mafia, de la situación-, hemos pasado a una indiferencia total, es papel mojado. Y los conciertos, no sólo no tienen más publico, sino que tienen cada vez menos y, por regla general, éste prefiere ir a festivales donde matar mil pájaros de un tiro y ver un montón de grupos en un remedo del streaming en la vida real. La música ya no tiene ningún tipo de influencia o valor real en la juventud, es casi como un complemento de moda. La industria, por el momento, está destrozada y nadie sabe cómo salir del agujero. La fiesta hace tiempo que se ha acabado y la euforia ha dejado paso a la resaca.

Por esta razón, cuando escucho a muchos editores, lectores e, incluso, escritores -sobre todo noveles- repetir los tópicos independientes y los sueños e ilusiones de hace diez años, y leo titulares en los medios, entusiasmados con cualquier nueva tecnología o gadget gratuito, no puedo evitar temerme lo peor. Por esta razón les cuento esta historia y añado otra que me pasó hace cosa de tres años, la cual, si me permitís, también os contaré para ir terminando ya.

Vivía yo de aquella en Barcelona y aún no había conseguido publicar ningún libro. Estaba en un bar de viejos del Raval con mi, de aquella, novia y algunos amigos. En un momento dado, llegó un amigo de una amiga de mi novia y me lo presentaron. Hablamos un poco y me dijo que era notario. Yo le dije que era escritor, sin ningún tipo de pudor. Ah, a mí me gusta muchísimo leer. ¿Qué libros tienes? Preguntó, amable. Bueno, aún no tengo ningún libro “sólo mío”, dije tratando de mantener el tipo, pero en esta antología X puedes leerme. Ah, muy bien, ya me la descargaré, dijo como si fuera lo más natural del mundo. Bueno, no sé si estará en Internet, aclaré. Sí, hombre, en Internet está todo, respondió. ¿Estás hablando de descargártela gratis? Pregunté yo, inocente. Claro, no voy a pagar, yo ya no pago por leer. Para qué, si es gratis. Tengo en el e-rader cientos de novelas gratis, afirmó muy satisfecho. En ese momento, comprendí. ¿Qué te parecería que existiera un programa de Internet gratis para “dar fe”? Pregunté, indignado. ¿Qué dirías, entonces? ¿Si todo el mundo pudiera bajarse actas notariales, o como coño se llamen, gratis? Le pregunté, enfadado, alzando la voz y centrando la atención de todo el mundo en nosotros. Bah, eso no va a pasar, nosotros sí somos necesarios, dijo muy satisfecho. Además, nos tiramos toda la vida estudiando para unas oposiciones. Ya claro, pero ¿y si pasara? ¿Eh? Cuesta un dineral vuestra firma en un documento, cuesta muchísimo. Para mucha gente estaría justificado ¿No?¿No? Bah, eso nunca pasará, jamás, respondió con una sonrisa de autosuficiencia, dándome la espalda y dando por finalizada la discusión.

Cuando cuento esta historia reciente, y la anterior, a estos editores, lectores y escritores partidarios de “dinamitar el sistema” y de “nuevas oportunidades”, vuelto a ver en sus miradas aquel brillo que vi hace tantos años; aquel brillo que significa: “eso a mí nunca me pasará, porque yo sí soy bueno, yo soy un genio”. Y también suelen decir que un libro no es como un Cd, que el formato sí importa, y que, cómo no, si el libro te gusta, terminas por comprártelo.

Ojo por ojo, diente por diente, ego por ego, y todo el mundo sin poder masticar, todo el mundo ciego.

** LIBROS A LA BASURA**

Abajo la muerte, viva los vivos.

Siendo muy jovencito, entré como becario en una gran discográfica, cuyo nombre no voy a decir porque no viene a cuento y ya ha desaparecido, como tantas otras. En esa época, Andrés Calamaro estaba pasando por un periodo oscuro y complicado de excesos que tenía aspecto de ir a terminar muy mal y que se había visto reflejado en el Salmón, disco cuádruple y excesivo en todos los aspectos que no había funcionado nada bien. Parecía claro que se iba a repetir la triste historia de tantos músicos con talento y éxito que todos conocemos.

De aquella, todavía era la musical una grandísima industria que movía cantidades ingentes de dinero -aún no había pagado por ninguno de sus errores neoliberales, como pagaría y pagaríamos a lo largo de la década-, y tenían que tenerlo controlado todo, pues la banca siempre gana.

Yo, obviamente, era el último mono y no asistía a las reuniones donde se planeaban los próximos lanzamientos importantes, pero se hablaba con libertad y me enteraba de todo. De este modo supe que estaban trabajando en un disco homenaje a Calamaro en el cual algunos músicos famosos harían versiones de sus canciones más conocidas. Me pareció un gesto bonito, pero me sorprendió saber que no había fecha de salida al mercado. No fue hasta que me lo explicó un compañero, que me desengañé. Por lo visto, era un disco en previsión del desenlace, un plan B, y la fecha de salida la marcaba la muerte del homenajeado en cuestión. De hecho, me dijo, las grandes revistas y medios hacían lo mismo y, seguramente, ya tenían escrito el reportaje homenaje a la muerte del argentino, pues, como ya he dicho, las noticias que llegaban sobre él no podían ser peores (o mejores, al menos para la máquina de hacer dinero).

El disco se grabó, claro, pero, en este caso, el tiempo fue pasando y el homenajeado no sólo no se moría sino que parecía que mejoraba y había indicios de que estaba saliendo poco a poco del agujero.

Qué cabrón, si al final no se morirá, comentaban apesadumbrados. ¿Ha espichado ya el argentino? Preguntaban de vez en cuando, medio en broma medio en serio.

Y no terminaba de morirse, no.

Y no sólo no se murió sino que se recuperó del todo y lucía un aspecto estupendo.

Así que, como el disco ya estaba listo desde hacía mucho y no podían tenerlo eternamente en un cajón, finalmente, lo sacaron al mercado. Homenaje al Salmón, creo que se tituló. Un canto a la muerte que, por medio de un título y un texto de promo, se convirtió en un precioso canto a la vida. También se publicaron otros cantos a la vida y a la recuperación de Andrés, que lucía gordo, sano y con bigote, en muchas revistas. Todos contentos. Aunque, claro está, el disco homenaje no vendió ni una décima parte de lo habría hecho de otro modo, porque no es lo mismo, ni por asomo, homenajear a un vivo que a un muerto, al menos no en España.

Espero que, como mínimo, su próximo disco sea decente. Aunque ahora que no se droga, a saber lo que hace, comentó un jefazo, dando el tema por zanjado.

Y yo comprendí lo que suponía esta afirmación. Era el “es mejor arder que consumirse poco a poco” de Neil Young -y que puso Kurt Cobain en su carta de suicidio- aplicado al marketing y al capitalismo. Porque consumirse poco a poco no interesa a las discográficas ni a las empresas. Porque si has vendido un millón de discos y ya no vas, como es lógico, a poder mantener el nivel, ellas no querrán presenciar tu descenso hacia la mediocridad. Porque un producto, o un talento, que baja en ventas, ya no interesa y ha de ser sustituido por otro. Porque una muerte en el momento apropiado, en la cumbre de la fama de un artista, es una inversión para siempre. Porque un muerto es un producto terminado. Porque los consumidores tampoco toleran el cansancio, ver cómo se aleja el talento, y es mucho mejor recordar a un muerto hermoso, que admirar a una vieja gloria.

Desde entonces he visto este movimiento en muchas ocasiones y siempre que descubro un homenaje a un artista, temo por su vida, porque, sin duda, la maquinaria capitalista está preparando su mortaja.

Llegados a este punto, no puedo dejar de recordar a uno de nuestros más grandes compositores, que no tuvo el buen gusto de morirse a tiempo. Más de una vez lo vi, solo, esquelético y demacrado, en la Glorieta de Embajadores de Madrid, junto con otros yonkis, esperando una kunda, o “taxi de la droga”, que lo llevara a pillar heroína al poblado, mientras en las tiendas de discos sucesivos “homenajes al maestro Antonio Vega” daban fe de su increíble y desesperante aguante. Un conocido mío trabajó con él esos últimos años, pues seguía actuando de vez en cuando para pagarse el veneno que necesitaba. Cuando, finalmente, nos dejó hace unos años, todos los supuestos amigos de Antonio Vega, toda la cultura del país, fueron al entierro e incluso algunos lloraron su pérdida delante de las cámaras.

Estos cabrones llevaban dos décadas sin mirar para él, dijo mi amigo apesadumbrado cuando vio las imágenes en el telediario. Menudos hipócritas, añadió.

El homenaje fue por todo lo alto. Hoy en día nadie discute que Antonio Vega compusiera algunas de las mejores canciones de la Historia de la música española. Todos lamentan su final. Incluso le perdonan el haber tardado tanto en consumirse.

Decía Malaparte, y cito de memoria, que los españoles no tenemos ningún respeto por la muerte pero sí muchísimo por los muertos, que nos santiguamos con miedo y respeto cuando vemos pasar el cortejo fúnebre del desgraciado que el día anterior mandamos a la horca. Lo dijo hace más de 70 años, en una época más terrible que esta, pero, visto lo visto, puede que esa frase siga siendo válida, al menos en parte. Veo a mi alrededor, sobre todo en esa fiesta de borrachos exaltados que son las redes sociales, a personas inteligentes y sensibles deseando la muerte a políticos, banqueros, empresarios o celebridades. Pero, luego, cuando muere algún famoso, todo es alabanza o respetuoso silencio. Al muerto ya no se le juzga, se le perdona todo, como si la muerte nos librara de nuestros pecados.

Hoy ha muerto Paco de Lucía. Ha muerto el maestro. No me cuesta nada imaginarme a periodistas y escritores trabajando a marchas forzadas para tratar de figurar en la esquela, pues cada hora de retraso es una oportunidad perdida, a las discográficas desempolvando sus discos más famosos, a un puñado de músicos y promotores preparando conciertos homenaje. La maquinaria se pone en marcha. Hoy ha muerto Paco de Lucía cuando nadie lo esperaba ni le había aún deseado la muerte. Estas cosas no se hacen. Manos a la obra. Todos lo queríamos mucho. Dónde están las cámaras, que nos vean llorar. Abajo la muerte, viva los muertos.

Y no digo que esté mal, es lo que hay: La maquinaria está bien engrasada, porque la maquinaria la llevamos todos muy dentro. Pero, ya puestos a pedir, me gustaría ver, algún día, a España convertida en un país en el que se admira y homenajea a los vivos, para que, de este modo, puedan vivir de su arte y, cuando nos abandonen, tengamos motivos reales para lamentarlo.

Porque, como cantó Andrés Calamaro en el Cantante, disco que grabó después de esto que he contado: “si no me quieren en vida, cuando muera, no me lloren”.

Abajo la muerte, viva los vivos.

paco y camarón

Una invasión bárbara.

Ayer, por razones que no vienen aquí a cuento, pasé gran parte del día en un precioso hospital en la ladera de una montaña de Mallorca. En otros tiempos había sido un sanatorio de tuberculosos. Naturaleza, largos paseos, aire limpio, preciosas vistas, incluso una biblioteca nada desdeñable. Un escenario perfecto para el descanso y el silencio que me sedujo en cuanto llegué. Así pues, cogí un libro y me senté en el parque, pues la literatura y los jardines producen en mí la maravillosa sensación de que, aunque no haga nada concreto, aunque pase una tarde entera leyendo y mirando los cambios de color del paisaje, no pierdo en ningún caso el tiempo, sino todo lo contrario; me baño en la inmortalidad del presente y gano vida y futuro.

Había pocos pacientes y paseaban en silencio o se reunían en grupos reducidos a chalar en voz baja, ya que no comparten sus amplias habitaciones y el lugar está ideado para pasar largas temporadas recuperándose y creciendo lejos del ruido; enfocado a esa antigua creencia en desuso de que no sólo la ciencia y la medicina pueden sanarnos sino que hay que sanar también el alma mediante la práctica de la observación, el sosiego y la belleza. Estuve un buen rato disfrutando. Qué leía, carece de importancia, sólo diré que, de vez en cuando, levantaba la vista del libro, contemplaba mi entorno y sonreía, y que pensé que no me hubiera importando pasar allí una larga temporada recuperándome de mis propios pecados. También, recordé esos versos de Pessoa que dicen así:

Maestro, son plácidas
todas las horas
que malgastamos,
si al malgastarlas,
como en un jarrón,
ponemos flores.

Y así fue pasando el día, hasta que llegó la hora visita de los familiares y estos hicieron acto de presencia estropeándolo todo. Y no vinieron muchos, no, pero los que vinieron fueron más que suficientes. Hablaban a gritos, charlaban en voz alta por el móvil y sacaban fotos que colgaban en las redes sociales, comentaban noticias que a los enfermos poco o nada parecían importarles, hacían planes, discutían, opinaban, opinaban sobre todo y miraban a los demás, a mí también, buscando aprobación. Incluso uno, al entrar en la pequeña biblioteca junto al jardín, comentó que sólo faltaba una televisión y wi-fi.

No entendían absolutamente nada.

O quizás sí lo entendían y tenían miedo. El miedo que siente un idiota cuando entra en una iglesia o ve a alguien rezando; ese temor que lo desarma y que, como todo idiota, tiene que llenar con irrespetuoso ruido, palabras y opiniones no pedidas. Fue realmente una tortura y, por un momento, llegué a temer que arrancaran las plantas y los árboles y se los llevaran con ellos. Fue una auténtica invasión bárbara y, cuando, por fin, montaron en sus coches y volvieron a sus casas, todos, sus familiares enfermos, el parque, el paisaje, los pájaros, yo mismo, respiramos tranquilos.

Poco antes de irme, comenzó a oscurecer, y viendo el mar a lo lejos, por el que se ponía el sol tras haber hecho un gran trabajo durante todo el día, pensé, más bien comprendí otra vez, que quien no se atreve a rezar, tampoco sabrá nunca bendecir.

Cuadrod Carlos Sierra

Carta abierta al futuro.

Esperamos amor, esperamos trabajo, dinero, incluso fama, esperamos planes apetecibles, diversión, esperamos a que llegue el fin de semana, el día de nuestra boda, una jubilación espléndida, esperamos una respuesta, esperamos avance continuo, esperamos tantas cosas.

Pero esperar es un infierno.

Aguardar es vaciar de sentido el presente; verter nuestras horas en el mañana; un goteo incesante que nos puede matar de sed; crear una jaula de anhelos, ser presos y carceleros al mismo tiempo.

Desde que nacemos, sobre todo mi generación y las posteriores, nuestra existencia está concebida para que esperemos. La sociedad actual se asemeja a una puerta de embarque a la que llegamos antes de tiempo y cuyo avión suele venir con retraso. Pero hemos planeado el viaje con tanto nervio y entusiasmo, lo hemos esperado con tal ilusión, que una vez allí, con lo poco que queda ya, no tenemos problema en seguir aguardando más y gastarnos parte de nuestro dinero en las tiendas que han puesto ahí a tal efecto. Aquí está la trampa. Nos convertimos en esa espera, la hacemos parte básica de nuestra personalidad, y miramos con compasión o pena a los que no aguadan en nuestra fila. Pagamos viajes con otros viajes no realizados. Pagamos nuevos sueños hipotecando otros que eran más asequibles y sencillos. Endeudamos nuestro futuro para acceder a un futuro más alto y lejano. Todo es gasto y espera. Todo es espera y desespera.

Y sin embargo, ¿cómo vivir sin esperar?¿Cómo hacer tal cosa, tras haber apostado tanto? ¿Después de haber gastado tantos años que ya no recuperaremos?

Pienso en mi abuela, en mis antepasados campesinos, que aguadaban pero no aguardaban, que dependían de las bendiciones de la tierra y del día a día. Personas como yo, personas que trabajaban más cuando había más trabajo, en primavera y verano, y menos cuando no lo había. Su espera era el presente y las cosas, más o menos, seguras que ese presente -si plantas una semilla, todo indica que crecerá, si podas un manzano en invierno, luego dará más manzanas- podía ofrecerles. Su espera no era espera; como mucho, era dejar los campos y la vida en barbecho, sabiendo que pasaría el invierno y podrían segarlos en el momento indicado. Su espera, a lo más, era deseo de que el presente siguiera siendo presente y ninguna desgracia, ninguna tragedia, lo alterara, y la Historia que escribían los poderosos era su peor pesadilla. Aguardaban terminar el hoy como terminó el ayer, para que, al año siguiente, el hoy siguiera siendo el mismo. “De hoy en un año”, decían al brindar en las celebraciones, “Hasta mañana, si Dios quiere”, se despedía mi abuela todas las noches, incluso siendo anciana.

Quizás esa es la única posibilidad. Quizás tengamos que ignorar los lujosos aeropuertos, y sus miles de tiendas y hombres ocupados de traje y maletín, e irnos de esa puerta de embarque; volver a caminar con nuestras piernas; no seguir aguardando a que comiencen esos viajes que otros han soñado. Viajes que, en realidad, queremos hacer porque, desde niños, nos dijeron que era lo correcto, que nuestra vida era avance y mejora -un ordenador cada vez más potente, una casa más grande cada cierto tiempo, un cochazo tras otro, éxito profesional, ascenso tras ascenso en nuestro trabajo-, porque nos convencimos los unos a los otros de que la evolución era su principal razón de ser, que el futuro era unas acciones siempre al alza, una inversión segura, y jamás explotaría la burbuja. Quizás debamos volver a mirar atentos cada minuto que pasa, cada hora insignificante, moldear la arcilla del tiempo entre nuestras manos, extraer las pepitas de oro del río que pasa, sembrar de nuevo la tierra con las pocas semillas que aún conservamos y que siempre fueron nuestras. Puede que admitir que hemos sido engañados y que nada de lo que nos quitaba el sueño tenía la más mínima importancia ni hubiera logrado satisfacernos. Quizás, tratar de despedirnos todas las noches diciendo, sonrientes, “Hasta mañana, si Dios quiere”, a nuestros seres queridos; rezar una oración cotidiana dando gracias por el día concluido y esperando lo único que hay que esperar: que mañana no sea peor; que todo siga igual que hoy y las horas que pasen sean una fruta fresca con la que alimentarnos nosotros y nuestros descendientes. Puede que descubrir de nuevo que la felicidad es una palabra imbécil que nunca se termina de decir del todo, apenas susurrada.

vasomoneda